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HOMENAJE A
MOHAMED CHOUKRI
FUENTE: La revista
digital “Pliegos de Opinión”
El escritor marroquí Mohamed Choukri
falleció el sábado día 15 de
noviembre en Rabat después de una
larga enfermedad. El fallecimiento
de Chukri constituye "la pérdida de
un brillante símbolo de la cultura
marroquí y árabe" como ha señalado
la Unión de Escritores de Marruecos
(UEM). Expresando su aflicción, la
UEM subrayó en un comunicado que con
la muerte de Mohamed Chukri
desaparece "un eminente escritor que
consiguió describir la realidad de
la sociedad y de la historia de
Marruecos a través sus novelas y
obras teatrales”.

MOHAMED CHOUKRI
Mohamed Choukri, considerado como
uno de los más prodigiosos autores
del mundo árabe y analfabeto hasta
la edad de 21 años, escribió una de
las más famosas obras de la
literatura marroquí contemporánea:
El pan desnudo, una autobiografía de
Mohamed Chukri que durante 17 años
encabezó la lista de libros
prohibidos en Marruecos.
La revista digital “Pliegos de
Opinión” quieso homenajear su figura
y su obra con este informe especial
en el que publicaron el texto
inédito de Mohamed Chukri titulado
Raíces. También incluiron varios
artículos seleccionados en la red,
una entrevista, una reseña del
último libro suyo publicado en
España Rostros, amores, maldiciones
y una breve nota biográfica del
autor.
NOS QUEDA LA PALABRA
TETIMONIOS DEIDAD SOLIDAR
MOHAMED CHOUKRI
Fuente: pliegosdeopinion
…La emigración ha cambiado de cara:
se ha convertido en silenciosa y
mortífera. Si la emigración fue, en
el pasado, una prueba iniciática que
acrecentaba el humanismo de la
persona y le permitía pasar de un
estado de indigencia a un estado de
enriquecimiento, se ha convertido,
actualmente, en una antecámara de la
muerte, real o metafórica. La
candidatura a la e migración es una
candidatura a la muerte. Expulsado
por las carencias y la sequía,
arrojado en brazos de la aventura,
el emigrante no lleva con él más que
un rayo de esperanza y un asustado
soplo de dignidad…

…El litoral español se alcanza desde
Tánger en menos de una hora.
El transportista hace pagar caro
este sueño a aquel que quiere ir a
su encuentro. Millares de dirhams.
Una suma con frecuencia difícilmente
adquirida. Estos Ulises modernos no
vuelven siempre de sus aventuras.
Los dioses del Olimpo han emigrado
ellos también.
El abismo que separa a los países
ricos de los países pobres es más
profundo que nunca. La sociedad de
consumo, la opulencia de Occidente,
el mito de la democracia, han
operado una fascinación inigualable
sobre los pobres del tercer mundo…
En mi país, centenares de
clandestinos intentan cada día
atravesar el Estrecho, arriesgando
sus vidas sobre pequeñas barcas.
Obstinados en su búsqueda de la
tierra prometida, provocan a la
muerte… Europa asiste actualmente a
este fenómeno con angustia. Ve su
ciudadela asediada por todas partes
y, para protegerse intenta (quiere)
transformar sus fronteras en una
fortaleza inexpugnable.
La muralla de hierro se transforma
en una muralla de arena. Que quiere
la Europa opulenta si no
salvaguardar su riqueza.
RAÍCES
(texto inédito
de Mohamed Choukri)
FUENTE: La revista
digital “Pliegos de Opinión”
Aquellos que han leído mi
autobiografía, El pan desnudo ,
saben que soy hijo de la
inmigración.

MOHAMED CHOUKRI
Fue en los años cuarenta. Mi
territorio de origen, el Rif,
padeció una terrible sequía. Los
míos, como todos los demás, fueron
arrojados a los caminos por el
hambre y la escasez. Tomaron los
caminos del exilio unos hacia Orán,
otros hacia la zona norte de
Marruecos y especialmente a Tánger.
Desde Beni Chiker, aldea próxima a
la ciudad de Melilla, transportamos
un solo y único bien: el rifeño,
nuestra lengua.
Tenía siete años cuando encallé en
Tánger, el Paraíso de la época. Y,
cuando quería jugar con otros niños
del arrabal donde mis padres habían
plantado su barraca, encontré la
persecución: - “Vete de aquí, hijo
del hambre”. “¡Largo! ¡Fuera,
rifeño!”
¿Será natural la crueldad en los
niños? En cualquier caso, sabe ser
espectacular.
En este mismo arrabal vivían gitanos
y andaluces, tan marginados como
nosotros, los rifeños, pero gozando
de un estatus menos precario que el
nuestro. Hacía mucho tiempo que
estaban instalados allí. Ganaban su
vida algunas veces haciendo trabajos
manuales, otras veces robando. Sus
hijos me aceptaron y trataron como
uno de ellos. Unía con frecuencia mi
fuerza a la suya para atacar a los
otros niños del suburbio, los más
violentos, los marroquíes. Estos
niños gitanos y andaluces me
enseñaron no solamente a defenderme,
los niños hablan sobre todo con el
lenguaje del cuerpo, sino también a
pronunciar las primeras palabras en
español. Es así como aprendí el
español antes que el dialectal
marroquí. La lengua del exilio.
Todavía hoy, el Mediterráneo es un
espacio de exilio, de inmigración.
El hambre no es tan violenta como en
el pasado, pero ha dejado paso a sus
secuelas: el marasmo económico, la
elevada tasa de paro, los accidentes
ecológicos, la guerra étnica, todos
vectores del mismo efecto inhumano,
todos fuente de desestabilización.
Estos factores están en el origen
del desplazamiento masivo y con
frecuencia incontrolado de hombres
en una geografía perturbada por la
Historia –antigua y moderna-, por
las ideologías y los sistemas
económicos. Así, se vuelve difícil
hablar actualmente del porvenir del
Mediterráneo sin vernos enfrentados
a esta siniestra realidad.
El escenario actual es sombrío, casi
apocalíptico, como ya constaté en
1993 en otra comunicación. Todavía
hoy, me veo obligado, moral y
humanamente, a denunciar:
• El fenómeno de los espaldas
mojadas .
• El fenómeno de las barcas de la
muerte ( pateras )
La emigración ha cambiado de cara:
se ha convertido en silenciosa y
mortífera. Si la emigración fue, en
el pasado, una prueba iniciática que
acrecentaba el humanismo de la
persona y le permitía pasar de un
estado de indigencia a un estado de
enriquecimiento, se ha convertido,
actualmente, en una antecámara de la
muerte, real o metafórica. La
candidatura a la emigración es una
candidatura a la muerte. Expulsado
por las carencias y la sequía,
arrojado en brazos de la aventura,
el emigrante no lleva con él más que
un rayo de esperanza y un asustado
soplo de dignidad. Conozco los
asuntos de la vida errante. Yo
también he sido perseguido por niños
y viejos, pero me fue dado aprender
la lengua de mis perseguidores. Es
verdad que intentaba entonces
disimular mi acento para ocultar mi
origen indeseable en una sociedad
que despreciaba a los rifeños. Pero
terminé por triunfar sobre esta
lengua estructurada y poderosa,
clara y extranjera. La sometí a mi
ley. La vencí.
¿De qué triunfo se jacta el actual
emigrante? ¿Sobre quién?

SUEÑOS ROTOS EN EL
MAR
Asistimos actualmente a una pérdida
de valores morales que provoca por
todas partes un estallido de las
sociedades que las han producido. La
costa sur ha aceptado también la
filosofía de “el tiempo es oro”.
Intenta, también ella y por todos
los medios, hacer suyas las ideas
utilitaristas y la lógica
cartesiana. Favorece a los grupos
económicamente fuertes. Aparca a sus
marginados en las zonas periféricas.
Todo eso tiene como consecuencia que
los jóvenes, hombres y mujeres,
sueñen con otra tierra, con otra
vida. Ocurre que son justamente los
menos tocados por el virus del
fracaso. Ocurre que, justo frente a
ellos, en la punta de sus miradas,
espejea una tierra más clemente, o
así lo creen ellos, la de la ribera
norte. La desean. La codician. La
acarician. Desean, cueste lo que
cueste, fundirse con ella.
Adelante, hacia la aniquilación.
El litoral español se alcanza desde
Tánger en menos de una hora.
El transportista hace pagar caro
este sueño a aquel que quiere ir a
su encuentro. Millares de dirhams.
Una suma con frecuencia difícilmente
adquirida. Estos Ulises modernos no
vuelven siempre de sus aventuras.
Los dioses del Olimpo también han
emigrado.
El abismo que separa los países
ricos de los países pobres es más
profundo que nunca. La sociedad de
consumo, la opulencia de Occidente,
el mito de la democracia, han
operado una fascinación inigualable
sobre los pobres del tercer mundo.
En los países ex-comunistas,
millares de personas tenían sus
maletas ya hechas, aguardando una
aparente esperanza, para venir a la
Europa rica. En mi país, centenares
de clandestinos intentan cada día
atravesar el Estrecho, arriesgando
sus vidas sobre pequeñas barcas.
Obstinados en su búsqueda de la
tierra prometida, provocan a la
muerte. Italia conoce este problema.
Europa actualmente asiste a este
fenómeno con angustia. Ve su
ciudadela asediada por todas partes
y, para protegerse, intenta (quiere)
transformar sus fronteras en una
fortaleza inexpugnable.
La muralla de hierro se transforma
en una muralla de arena. ¿Qué quiere
la Europa opulenta si no
salvaguardar su riqueza?
En el Mediterráneo la situación es
esquizofrénica. Los países,
divididos geográfica y
psicológicamente por un modelo
nórdico y materialista, buscan
soluciones tecnológicas a problemas
culturales y sociales, y con la
intuición de que las soluciones no
podrán ser más que intelectuales;
adoptan estrategias inadecuadas.
Pues la respuesta a todas nuestras
cuestiones puede encontrarse en el
pensamiento mediterráneo y
orientalista de nuestros humanistas.
La hazaña de Ulises puede servir de
modelo. Este héroe que surca los
mares, errando durante diez años en
busca de la verdad, era un emigrante
que Ítaca ve volver tranquilizado
por la sabiduría y profundamente
humanista gracias a su periplo.
Yo fui Ulises, en un momento de mi
vida. ¿He dejado de serlo?
He recorrido un periplo como el
suyo. Lo recorro aún. Mi espacio de
aventura es un espacio escriptural.
Mi madre es la escritura. Mis
pruebas son de orden intelectual.
Recuerdo que mi madre me obligaba a
hablar en rifeño y me prohibía
hablar otra lengua que no fuese
aquélla. Nacido en el Rif, yo debía
continuar hablando la lengua de mi
tierra, decía. La muerte libró a mi
hermano Abdelkader de esta guerra. A
mis otros hermanos y hermanas, hijos
e hijas del exilio, no les concernía
esta batalla. Eran libres de
utilizar la lengua de sus ancestros
o la de su tierra natal.
Como ustedes saben sin duda, no supe
leer y escribir hasta los veinte
años. Aprender una lengua que no era
la mía y poseerla fue una prueba, un
desafío antes de ser una profesión.
Aprendí el árabe clásico con los
límites que se imponen a un
autodidacta. Sin embargo, alcancé a
enseñarlo en las escuelas primarias
y secundarias. He podido escribir
libros gracias a esta lengua.
Solamente, a pesar de mis esfuerzos,
a pesar de toda mi voluntad de
expresarme en esta nueva lengua, una
nostalgia silenciosa y no obstante
viva me ata a la orilla de mi lengua
materna y sólo se aplaca con su
utilización. No soy más que un niño
adoptivo en todas las lenguas que
utilizo para hablar o para escribir,
incluso la lengua del Profeta: no
puede colmar el vacío que me
ocasiona la ausencia de mi primera
lengua, aquélla de la que fui
desposeído.
En el exilio, cuando todas las
lenguas valen, he hecho de la lengua
árabe un instrumento para
comunicarme con la sociedad en la
que vivo. No me arrepiento de haber
aprendido el árabe y de haber
escrito en árabe todos mis libros.
Diré más, me siento privilegiado
frente a mis compatriotas que
utilizan otras lenguas distintas a
la de su sociedad de origen y que
son tratados de ingratos y renegados
a pesar de su genio.
No me digan que este juicio es
anacrónico... La sociedad árabe
posee un pensamiento atrofiado, y
tenemos el ejemplo de este poeta
bereber que escribe sus poemas en un
francés sublime y que sin embargo ha
soñado siempre con poder hacerlo en
árabe. Reconocía que esta lengua era
superior. Era el único que la
recordaba tal como la había
aprendido en la escuela coránica.
Mohamed Kheireddine murió sin poder
poseer esta lengua árabe, pura y
grandiosa.
Entonces, ¿qué es la escritura? ¿Qué
es la expresión?
Imaginad una lengua en hibernación.
Imaginad un hombre que intenta usar
esta lengua para expresarse. Tal es
mi situación cara a esta lengua que
me es extranjera.
Dicen que el que encuentra refugio
en una lengua que no es la suya está
mejor armado para dominarla. La
perfecciona mejor que sus nativos.
Este es el caso de Conrad, Beckett,
Nadokov, Ionesco, Gibran Khalil
Gibran...
¿Por qué? La única cosa que puedo
afirmar es que la escritura tiene
sus secretos, sus misterios que no
penetramos impunemente: nos poseen y
nos sentimos poseídos por ellos.
Actualmente, mi lengua es la que me
permite escribir y el rifeño ha
terminado por ser una nostalgia, la
de un sueño.
Para el niño de la emigración, para
el amante de la escritura, para el
autodidacta que no ha cesado de
sumergirse en la nostalgia de un
sueño, el Mediterráneo es un mar, un
periplo, un sueño iniciático, el
espacio del Humanismo, el crisol de
civilizaciones. Pero ninguna
civilización es producto del azar.
Es un largo proceso de humanización.
No importa qué tribu puede poseer
una cultura pero, ¿podemos hablar
también de civilización? Los pueblos
del Mediterráneo han vivido siempre
en ciudades: Alejandría, Cartago,
Atenas, Roma, Cádiz (Gades),
Tánger... Ellos han forjado una
civilización y es por ello por lo
que estoy convencido de la fuerza de
la percepción, de la capacidad
intelectual que nosotros,
mediterráneos, tenemos para hacer
frente al peligro que amenaza
nuestras riberas, nuestras culturas
y nuestros hombres, si persistimos
en querer seguir ciegamente el
modelo nórdico.
El modelo nórdico, utilitarista y
racionalista, es útil cuando se
trata de organizar el trabajo o de
optimizar el rendimiento; pero
corresponde al Humanismo de las
viejas culturas mediterráneas colmar
ese modelo nórdico, insuflarle
valores humanos.
Se me alcanza que, para sobrepasar
el actual peligro, no hay que culpar
ni a las religiones ni a las razas;
después de todo, es el hombre quien
interpreta los libros y es de sus
actos de los que brota la
ambigüedad. Es necesario volver a
los fundamentos de las culturas, al
humanismo que tuvo nacimiento en el
Mediterráneo. Es el único modo de
humanizar las sociedades de consumo.
Acaso algunas veces con poco se
puede llegar a encontrar bastante...
MOHAMED CHUKRI,
Una despedida sin adiós
FERNANDO DE ÁGREDA
BURILLO
Fuente: alharaca.org
La imagen de Mohamed Chukri que
viene a mi memoria en este día de su
despedida es la de aquel escritor al
que conocí en Tánger y con el que
estuve en contacto por unas cartas
sinceras, en español casi siempre,
que conservo con cariño.

FERNANDO DE ÁGREDA
A finales de los años sesenta y ya
en los setenta me dediqué a estudiar
el mundo literario marroquí, animado
por mi profesor y mentor, Pedro
Martínez Montávez, entonces en la
Facultad de Filosofía y Letras de la
Complutense: eran mis primeros pasos
en los estudios de literatura
“neo-árabe”y en un mundo tan
especial como era el Marruecos de
aquellos años. La rápida respuesta
de los propios escritores me animó
tanto en mis estudios que conseguí
publicar una encuesta (en la revista
Almenara, primeramente, y por
completo después, en los Cuadernos
del “Seminario de Literatura y
Pensamiento Árabes” del Instituto
Hispano-Árabe de Cultura) en la que
descubría sus datos personales y sus
opiniones literarias. ¿Fue quizá un
atrevimiento por mi parte?
Seguramente pero era la forma de
facilitarles el conocimiento de su
propia obra y, lo mejor de todo,
implicarles en mi propia experiencia
. Por eso siempre estaré agradecido
a mi profesor y buen amigo Martínez
Montávez por su sincero afecto, por
su paciencia y su ejemplo de
honradez, por su dedicación en
definitiva a mis esfuerzos
universitarios. Él me puso en
contacto con otro amigo inolvidable:
´Abdelkáder Smihi, tangerino y buen
escritor, además de dibujante (suyos
serían los diseños de las portadas
de la revista Afaq, de la Unión de
Escritores Marroquíes, y de la
portada de la obra teatral de Chukri
titulada Al-Sa´ada) al que había
conocido durante su estancia en El
Cairo. ¡Cómo olvidar los buenos
momentos que pasé en su casa de
Rabat, en la Place Lavigerie! Fue
seguramente la llave que me
introdujo en el mundo literario
marroquí, junto a Mohamed Laarbi
Messari, a través de la Unión de
Escritores Marroquíes…Así llegué a
Chukri, y es lo que deseaba
rememorar ahora.
Mohamed Chukri me escribió una carta
en español diciéndome que estaba
dispuesto a ayudarme en mi trabajo
con mucho gusto: me enviaba algunos
relatos mecanografiados como muestra
de su obra y contestaba a mis
preguntas de la encuesta citada. Hoy
vuelvo a leer sus respuestas – tan
directas y graciosas a veces - que
explican la situación en que se
hallaba entonces.
En 1981 publicamos un relato de
Chukri en la antología dedicada a la
Literatura y el pensamiento
marroquíes contemporáneos, del
antiguo Instituto Hispano-Árabe de
Cultura, en la que colaboraron más
de treinta especialistas, entre
arabistas e hispanistas. Su título:
“Tres huecos” (Al-afwah al-talata) y
fue traducida por nuestro compañero
ya fallecido Marcelino Villegas (que
tanto trabajó por dar a conocer la
literatura árabe contemporánea).
Firmado en Tánger, en 1967, es un
texto muy significativo del estilo
de Chukri y del ambiente de aquella
ciudad visto por uno de sus
protagonistas: el propio Chukri…
Este relato se incluiría en la
versión original en el libro
Al-jayma, en 1985, editado a
expensas del autor. De 1985 data su
novela Al-suq al-dajili, escrita en
1976 y siempre desde Tánger. Antes,
en 1979, había aparecido en Beirut
su libro de relatos titulado Maynun
al-ward, (que conocí gracias a mi
amigo Ahmed El Bahraoui)presentado
por otra gran figura de la
literatura marroquí Muhammad
Barrada, profesor de la Facultad
de Letras de Rabat. Se hicieron
traducciones de algunos de estos
relatos al español por Pedro
Martínez Montávez, Said Sabia, entre
otros que recuerde ahora.
Hasta 1982 no aparecería su primer
libro autobiográfico: el famoso
Al-jubz al-hafi, editado en árabe
por el propio autor, después de
haber estado censurado durante
varios años. Se había publicado
primero en inglés por el que fue su
“descubridor” el conocido escritor
Paul Bowles con el título de For
bread alone, en 1973. Y en 1982, en
Paris, la traducción al francés de
Tahar Ben Jelloun: así se daría a
conocer este libro (“sira datiyya
riwa`iyya, 1935-1956”), primera
parte de su autobiografía literaria,
según el subtítulo del libro. La
versión al español, El pan desnudo,
se editó en 1982 , presentada por
Juan Goytisolo,y luego, en otra
editorial, en 1996, realizada por el
profesor ´Abdallah Djbilou, al que
me unen lazos de antigua amistad.
La segunda parte y con el título de
Tiempo de errores, de 1992, sería
traducida al español por Karima
Hajjaj y Malika Embarek, mis buenas
amigas también, y se publicó en
1995, afortunadamente.
Fernando Ramos, profesor de la
Universidad de Alicante, ha
estudiado la obra de Chukri dentro
de su interesante libro titulado:
Aproximación al relato marroquí en
lengua árabe (1930-1980), editado
por su universidad en 1998. Destaca,
por ejemplo, los dos elementos que
son la fuente de la creatividad de
nuestro autor: la ciudad de Ténger,
símbolo de inestabilidad, de una
parte y, de otra, la experiencia
personal del propio Chukri desde la
miseria y la marginación…Hay que
leer estas páginas de mi colega
Fernando Ramos para conocer mejor el
marco y la narrativa de una figura
excepcional del mundo literario que
nos debía ser mejor conocido…Por eso
digo: una despedida que no es un
adiós definitivo…
Mohamed Chukri, el más grande
escritor de Marruecos
Javier Valenzuela
Publicado en EL PAIS | Gente -
16-11-2003

CHOUKRI Y VALENZUELA
EN TANGER (2002)
Mohamed Chukri fue un gran escritor
y una persona maravillosa. Este
marroquí, que hasta pasados los
veinte años de edad fue analfabeto y
cuya infancia y juventud
transcurrieron en una miseria y una
violencia tremendas, fue un autor de
la estirpe de los malditos, con una
obra corta, intensa, repleta de amor
a la humanidad y odio a las
injusticias. Como persona, Chukri
fue un gran
amigo de sus amigos, con su rico
corazón y su modesta casa siempre
abiertos a aquel que no fuera un
gilipollas. Sus amigos llevaban
meses esperando la noticia que les
llegó ayer por la tarde: la muerte
de Chukri, como consecuencia de los
múltiples cánceres con que su cuerpo
había terminado respondiendo a tanto
alcohol y tanta vida golfa, tanto
sufrimiento y tanto gozo.
Chukri tenía 63 años. Había nacido
en una pobre aldea rifeña, en la
época del Protectorado español sobre
el norte de Marruecos, y eso
explicaba su excelente manejo del
castellano, aunque no el cariño que
siempre sintió por los españoles y
su literatura. Su padre era un
desertor del Ejército colonial que
ataba al niño Chukri a un árbol y le
azotaba con un cinturón de cuero.
Ese padre era tan brutal que un día
mató al hermano de Chukri: lo
estranguló en un arrebato de cólera.
Chukri nunca olvidó, ni perdonó, a
su padre. Y si nunca quiso tener
hijos fue, según explicaba, por el
temor a reproducir con ellos lo que
su progenitor les había hecho a él y
a su hermano.
Analfabeto hasta los 21 años de
edad, pero dotado de una
inteligencia y una sensibilidad
innatas y extraordinarias, Chukri
fue un autodidacta. Contó su
infancia y juventud en El pan
desnudo, uno de los libros más
importantes de la literatura árabe
contemporánea. Libro duro, muy duro,
El pan desnudo es un ejemplo de
literatura descarnada y directa, la
que practicaría el marroquí hasta el
final de sus días. Su última obra
traducida al castellano, Rostros,
amores y maldiciones, participa de
ese mismo espíritu: escenas brutales
contadas de un modo tan sencillo,
con tal aparente objetividad y
desapego, que su eficacia
estremecedora sale redoblada. Por
ejemplo, en Rostros, un hombre le
hace una felación a su anciano padre
para que ya no necesite mujeres,
para que no se case de nuevo y él no
tenga que compartir con nadie su
herencia. Y eso está contado
escuetamente, sin comentarios ni
efectismos de ningún tipo.
La última vez que nos vimos, en
Tánger, donde Chukri vivía desde
hacía décadas, el escritor me
confirmó que la historia del hijo
que le hace la felación al padre era
verídica, era algo que había
ocurrido en una aldea del norte
marroquí, era un crudo trozo de
realidad como todo lo suyo, desde
sus aventuras con prostitutas de los
cabarés de Tánger hasta su amistad
con muchos de los escritores
internacionales que recalaban por
esa ciudad: Paul Bowles, Tennessee
Williams, William Burroughs, Jean
Genet, Allen Ginsberg, Juan
Goytisolo, Tahan Ben Jelloun...
En ese encuentro, Chukri me anunció
también que no sería un integrista
fanático el que le mataría -él
estaba en la lista negra del
islamismo-, sino el cáncer. Me lo
contó con mucha serenidad y hasta
con una pizca de humor. Y es que el
descubrimiento de que Chukri sufría
esa enfermedad había llevado al rey
Mohamed VI a cuidar de él,
cubriéndole la atención médica en un
hospital militar de Rabat y creando
una fundación para atesorar y
preservar su obra. "Ahora que me
estoy muriendo", dijo sin rencor,
"se dan cuenta de que soy un
escritor marroquí".
Era el más grande de los escritores
marroquíes. No deja esposa ni hijos
ni fortuna material de ningún tipo,
pero sí unos textos impresionantes.
Su obra El pan desnudo ha sido
traducido a cuarenta lenguas,
incluido el hebreo, y, entre la
literatura árabe difundida
internacionalmente, sólo es superado
en celebridad por los de Naguib
Mahfuz. Pero ese libro estuvo
prohibido a los lectores marroquíes
hasta hace bien poco, por la
sencilla razón de que era demasiado
realista. En él Chukri retrató un
lugar y un tiempo desde el lado de
los que limpiaban botas, vendían
cigarrillos de contrabando,
trapicheaban con kif, cometían
pequeños hurtos o se prostituían con
extranjeros. Luego, en Tiempo de
errores, segunda entrega de la
trilogía autobiográfica iniciada con
El pan desnudo y culminada con
Rostros, Chukri contó su
extraordinario esfuerzo para
convertirse en escritor desde su
condición inicial de pícaro.
En una entrevista que sostuvimos
para Babelia, el suplemento de
libros y cultura de EL PAÍS, en el
otoño del pasado año, Chukri
declaró: "Yo estoy comprometido
socialmente. Me inclino a defender a
las clases marginadas, olvidadas y
aplastadas. No soy Espartaco, pero
creo que todas las personas tienen
una dignidad que tiene que ser
respetada. Aunque no hayan tenido
oportunidades en la vida".
Digno, muy digno: así fue Chukri
hasta el final. Un gran señor en los
márgenes, y por ello más raro y
apreciado; un escritor y un amigo
irrepetibles.
Homenaje a Choukri
Antonio Reyes Ruiz
Publicado en Diario de Jerez el 22
de noviembre de 2003
Conocí a Mohamed Choukri hace ahora
tres años. Lo hice en la cafetería
del Hotel Ritz de Tánger -tal vez,
el eslabón perdido de esta cadena de
hoteles- donde, desde hace años,
recibe a quienes se interesan por
él. Sentado en su rincón junto a sus
fotografías y su vaso de vodka,
dejaba pasar el tiempo con
sencillez. Callado, meditativo y
convulso a la vez, nada hacía
presumir en él que me encontraba
ante una de las leyendas vivas de la
literatura árabe contemporánea.

El escritor marroquí
Mohamed Choukri
Al hablar, expresó su pasión por la
literatura. Me contó su relación de
amor y odio con Tánger, sus
encuentros con Paul Bowles, su
interés por El Quijote y el maestro
Cervantes, su amor por Lorca y
Aleixandre y, sobre todo, cómo su
vida ha estado siempre marcada,
antes y después de escribirla, por
El pan desnudo, su obra más
conocida.
Chukri tuvo una infancia difícil. Su
relación familiar (mil veces maldijo
a su padre) marcó, en buena medida,
su trayectoria juvenil. Emigró con
su familia desde el noreste a
Tánger. Malvivió en sus calles.
Creció en ellas observando la
separación entre miseria y
opulencia, al lado del alcohol y las
drogas, de la prostitución y el
robo, de los intentos de
independencia y la multiculturalidad
de la entonces ciudad internacional.
La poesía y la cárcel despertaron en
él la inquietud. Aprendió a leer a
los veintiún años y, desde entonces,
dedicó su vida a la enseñanza, a la
literatura y, de modo especial, a
doblegar los fantasmas del pasado y
a hermanarse con sus lecturas, sus
escritos y sus amigos.
En la terraza del hermosísimo café
Hafa, que domina el Estrecho y donde
uno tiene la sensación de que las
dos orillas forman parte del mismo
continente, trazó las líneas
esenciales de su obra. Con el mar y
Tánger siempre de fondo, relató su
vida. Narró sus experiencias vitales
y se enfrentó con valentía a una
sociedad parada en el tiempo.
En Chukri podemos reconocer la lucha
instintiva por la supervivencia; el
afán humano de superación; la
capacidad de defender las propias
ideas ante los sistemas impositivos;
la posibilidad de vivir una vida
autónoma; la facultad de hacer de la
autodestrucción un sistema de
creación.
Lo visité en julio cuando la
enfermedad y la edad mellaban su
cuerpo. Su espíritu bullía más
autónomo que nunca. Ajeno a
reconocimientos y homenajes,
encauzaba en paz, desnudo y sin
equipaje, el último tramo; para él,
tal vez, el más feliz. Su eterna
convulsión interna dejó paso a la
serenidad, a la placidez de quien no
tiene deudas, de quien se siente
libre.
La muerte, la que te proporciona, al
fin, el merecido descanso, nos pilló
cuando te preparábamos un merecido
homenaje.
Seguro que mañana, desde tu querido
infierno con una copa de moscatel o
un vaso de vodka en las manos,
compartirás con nosotros el esfuerzo
de que tu obra siga viva.

Antonio Reyes Ruiz
Buena continuidad, Mohamed.
Homenaje a Mohamed
Chukri
A modo de
biografía
Fuente: El Poder de
la Palabra
Mohamed Choukri (1935-2003)

Mohamed Choukri
Escritor marroquí nacido en el Rif
donde pasa sus primeros años.
En 1945, al haber desertado su padre
del ejército español, se traslada
con su familia a Tánger donde su
padre es condenado a dos años de
prisión. Aquí comienza la gran
odisea de su vida.
En Tánger aprende español, frecuenta
los prostíbulos y se gana la vida
haciendo de guía turístico de los
marineros que llegan a Tánger.
A los veinte años se traslada a
Larache para estudiar. En la ciudad
de Larache pasó muchas calamidades,
vive de la caridad de los amigos y
de la comida que le dan en la
escuela. Por las noches duerme en
portales y en los bancos de los
parques. Más tarde en Tetuán
distribuye su tiempo entre la
lectura en árabe y en español y las
juergas en los bares.
Comienza a escribir sus primeros
párrafos y a leer a famosos poetas.
Un diario le publica un texto en
prosa y le destinan a una escuela
mixta en Tánger, donde sigue viendo
la miseria, la suciedad, la
enfermedad y el hambre. Se acaban
los buenos tiempos de la
prostitución pues a finales de los
sesenta surge una generación de
prostitutas jóvenes.
Es la generación de los hoteles de
lujo, discotecas y las drogas. Lee y
escribe sus impresiones en cualquier
lugar sobre la mujer ideal, pura y
cristalina mientras frecuenta a las
prostitutas de los burdeles.
Disfruta de los recuerdos dejando
aflorar las etapas de su vida
actuales y pasadas, malas y buenas,
tristes y alegres. Pasa un tiempo en
el psiquiátrico. Allí los locos le
abren las puertas de la inspiración.
Su novela autobiográfica El pan
desnudo , traza la vida del autor en
el norte de Marruecos, y sobre todo
en Tánger, donde vivió en la
miseria.
Tiempo de errores es la segunda
parte de ésta novela. Rostros,
amores, maldiciones es su última
novela publicada en España. Chukri
residía habitualmente en Tánger.
Crítica a la novela Rostros, amores,
maldiciones
FUENTE: SATIRIA
Traductor: Malika Embarek López y
Alhoucine Bousalmate

Rostros, amores,
maldiciones. Mohamed Chukri
Mohamed Chukri nació en Beni Chiker,
en la paupérrima región marroquí del
Rif. En su adolescencia, Chukri se
trasladó a Tetuán, donde ejerció
toda clase de oficios y terminó por
frecuentar el submundo de la droga,
la prostitución y el alcohol. A los
veinte años, todavía analfabeto, se
marchó a estudiar a Larache,
entrando en contacto con la
literatura. Gracias a ello, hoy día
podemos disfrutar de esta gran
novela "Rostro, amores,
maldiciones", cuya publicación en
Marruecos fue prohibida por la
censura del régimen. Sin embargo,
eso no ha sido suficiente para que
Mohamed Chukri esté considerado hoy
día como una de las voces
imprescindibles de la literatura
árabe contemporánea.
En esta gran novela, el autor se
introduce en el interior de la
miseria de esas gentes que viven en
el Magreb. Su prosa desgarrada,
aguda y precisa alcanza sus mejores
momentos al relatar el perfil
interno y externo de quince
personajes que se encuentran y se
pierden en la geografía nocturna y
áspera de una ciudad literaria que
ya no es, ni mucho menos, lo que
fue: Tánger.
Jugadores, extranjeros extraviados,
alcohol, drogas, delincuentes,
prostitutas, pensadores
irreverentes, etc... seres en la
frontera de la marginalidad
deambulan por la páginas de Chukri
intentando reconocer en un oscuro
túnel el sentido de la
supervivencia, de la dignidad y
paradójicamente de la alegría.
Mohamed Chukri no duda en denunciar
los principales problemas que
invaden Marruecos, a través de la
descripción de la enfermedad que
padece Tánger. Muchachos que tienen
que abandonar a su familia y que la
necesidad les obliga a marchar a
España en busca de trabajo y comida,
aún a sabiendas de que cuando
abandone su ciudad, Tánger, perderá
la alegría y las fuerzas para vivir,
y una tremenda pena le entristecerá
hasta hacerle perder el sabor de la
vida.
El autor no duda en denunciar un
régimen, el de Marruecos, que ha
empujado a su gente a la ruina y a
la hambruna, que hace de la
emigración el único camino de
salvación. Chukri describe como una
ciudad con el enigma literario de
Tánger, con el sabor de los limones
y la brisa del mar, se ha convertido
en un antro donde pululan los
ladrones, donde la violación de los
derechos se ha convertido en
bandera, donde ya nadie socorre a
nadie, y donde el sadismo es la ley
que impera en las calles.
No obstante, en mitad de toda esta
miseria hay un lugar para la
belleza, para el cariño y el placer.
La prostitución no sólo muestra su
lado oscuro y codicioso, sino que
también deja entrever la belleza de
los momentos íntimos. Sonrisas,
suspiros, formas de pechos deseados,
curvas que trasmiten la frescura del
cuerpo y el nombre de una mujer,
Magda, o Magdalena o Umeljer,
vocablo de donde procede la palabra
mujer en español, según algunos
lingüistas árabes.
Un libro imprescindible para abrir
las miras hacia una cultura
represaliada en un país lleno de
contrastes y de gratas.
Soy un antiguo analfabeto
Mohamed Chukri
Publicado en Mayo de 2003 por El
País
Un escritor tangerino que se
esfuerza por dar sentido a una
infancia robada, brutalizada, y en
ser la memoria de los pobres, de los
olvidados de la historia oficial. Un
escritor que no habla de política ni
de religión, pero tiene la virtud de
irritar a los bienpensantes con
títulos como “El pan desnudo” y
“Rostros, amores, maldiciones”.

LE PAIN NU, MOHAMED
CHOUKRI
Soy un antiguo analfabeto
autodidacta que, deseó transmitir a
los demás aquello que había
aprendido. Pero hoy resultaría
bastante difícil para un analfabeto
tener la misma trayectoria que yo
seguí en esa época. Además, de esta
forma, he aprendido mucho más de los
alumnos que de los profesores. A la
edad de 20 años, tuve la disyuntiva
entre convertirme en contrabandista
o ir a estudiar árabe y español en
El Harache. Leí mucho a los
malditos, pero en literatura no
existe un único Dios, hay varios...
¡En el cielo, es otra cosa! En mi
vida me he enfrentado a tres
desafíos: aprender a leer y a
escribir, salir de esa clase social
denigrada y, por último, sublimar mi
vida a través de la escritura.
Cuando era más joven, vivía en una
choza. Cuando comía, siempre había
un ratón delante de mí que pedía
algo de comer. Yo era el gran amigo
de las cucarachas y de los ratones.
Frecuentaba el café Continental de
Tetuán. Veía a un hombre que siempre
llegaba muy elegante, bien
arreglado, y al que todo el mundo
saludaba. Yo asistía a la Escuela
Normal de Profesores, vivía en una
choza pero llevaba pajarita, quería
ascender de categoría social. Un
día, pregunté la identidad de ese
señor. Me respondieron que era
Mohammed Sabbag, el escritor más
importante de la época. Era un poeta
que escribió prosa poética, unos
libritos que se leen en dos días. Me
dije: si escribiendo cosas así uno
se vuelve muy importante en una
sociedad, yo también voy a hacerme
escritor. Empecé a escribir algo que
enseñé a ese señor, que me dijo: “No
tienes estilo, pero tienes una buena
gramática. Puedes seguir”. Así fue
como comencé mi carrera, para
adquirir prestigio, subir de
categoría. Más tarde, me di cuenta
de que la escritura podía ser
también una forma de denunciar y
protestar contra aquellos que me
habían robado la infancia, la
adolescencia y parte de mi juventud.
Fue únicamente en ese momento cuando
mi escritura se volvió comprometida.
Cuando trabajaba en la enseñanza, y
en los medios de comunicación,
consideraba la escritura como una
bagatela. No me consideraba un
profesional. Pero hace unos 11 años
decidí convertirme en escritor
profesional. Incluso he escrito 256
páginas de mi último libro, Le Temps
des erreurs (Tiempo de errores), en
un mes.
“Tengo dos memorias: la memoria
analfabeta y la memoria de un hombre
que ha aprendido a leer una vez
cumplidos los 20 años”
Tengo dos memorias: la memoria
analfabeta y la memoria de un hombre
que ha aprendido a leer una vez
cumplidos los 20 años. Lo que hace
que escriba primero en mi cabeza, de
forma neurótica. Luego, perfilo
sobre el papel con la ayuda de la
gramática y del estilo. No tengo
disciplina como Alberto Moravia,
Hemingway, Victor Hugo, o Tahar Ben
Jelloun, que se levantan a las 5 o
alas 8 de la mañana y se ponen a
escribir. Iría en contradicción con
mi vida. Soy un hombre de las
callejuelas. Nunca he sido alguien
estable. En la actualidad dispongo
de un apartamento donde conservar
mis cassetes, mis libros, y mis
papeles, pero antes vivía siempre en
las pensiones, en los pequeños
restaurantes, en los pequeños bares.
Defiendo mi clase, defendiendo a los
marginados.
“Ejerzo mi vergüenza contra una
época determinada, humillante y
miserable”

TENNESSEE WILLIAMS IN
TANGIER, Mohamed Choukri
Mi caso es bastante excepcional. No
tengo nada que perder. No llevo
ningún titular familiar que exija
deferencia y al que correría el
riesgo de mancillar al escribir como
lo hago. Soy un Mohammed desconocido
en la historia y defiendo a la gente
que la historia oficial siempre ha
olvidado. Escribo sobre individuos
anónimos, porque la “memoria de los
pobres de por sí está menos
alimentada que la de los ricos”,
como dijo Albert Camus. Cuando
escribo de la infancia, no se trata
sólo de la mía. Se trata de aquellos
que pertenecen a mi generación. Así
pues, no es un caso aislado sino el
arquetipo de todas las infancias que
he conocido perfectamente. He
tratado de condensar varias
infancias en una sola. Mi infancia
la he escrito a través de mi mirada
adulta. Es decir, no a través de las
mismas sensaciones que uno siente
cuando es niño. Por tanto, incluye
un lado imaginario. Me esfuerzo por
volver a dar consideración a esa
infancia robada, o peor aún,
brutalizada por aquellos que
hurtaban nuestra vida: los vampiros
de la sociedad. Una infancia
“flotante”, como un alga, una
infancia “algosa”, si pude
expresarme así. Me pregunto si la
escritura es una segunda autoridad
tras la autoridad principal. Es un
poder. Pero un poder que no es
extravagante. Soy un escritor
tangerino. No soy un escritor
marroquí, porque descubro Marruecos
como los turistas: voy a Casablanca
para pasear una semana, a Rabat dos
o tres días, a Fez... En cambio, en
Tánger vivo una intimidad con la
gente, con los personajes, con los
lugares.
A propósito de la imposible muerte
de mi amigo Mohamed Chukri
Salvador López Becerra
Fuente: Marruecos
Digital/Cultura/Literatura
29/12/2005

Mohamed Chukri y
Salvador López Becerra
en una foto tomada en 1990
Un sábado 15 de noviembre moría,
victima de su destino, Mohamed
Chukri. — “ahora que me estoy
muriendo”, comentó sin rencor a
Javier Valenzuela, en una entrevista
que sostuvo con éste para “Babelia”,
el suplemento de libros y cultura
del diario “El País”, se dan cuenta
de que soy un escritor marroquí”—
nacido en 1935 en una aldea rifeña,
Mohamed Chukri se hizo célebre en
todo el mundo literario entendido
por su obra “el pan desnudo”— uno de
los libros más importante de la
literatura árabe contemporánea—
donde narra su dura vida alrededor
de la prostitución, el alcohol y las
drogas. otros libros suyos —como
parte de una trilogía—son: “Tiempo
de errores” y “Rostros, Amores,
Maldiciones”. amigo de sus amigos,
descarado y sentimental, trabó
relación con escritores como Paul
Bowles, William Burroughs, Jean
Genet, Allen Ginsberg, Tahar Ben
Jelloun, o Tennessee Williams…
os conocimos a finales de los
ochenta, no puedo precisar cuando,
afortunadamente, hace años que dejé
de ser esclavo de los guarismos y
las manecillas de los relojes.
Unas veces quedábamos en la ruidosa
terraza atlántica del destartalado y
mítico hotel “Continental” donde con
frecuencia yo me hospedaba; otras,
en el snack del suntuoso y decadente
“Minzah”, o en zona neutral: en el
“Café Fuentes”, frente a la “Pensión
Becerra,” —o en cualquier otro
garito del “Zoco Chico”— pero la
mayoría de las veces nuestros
encuentros eran en el “Bar
Negresco”, su hábitat preferido,
espacio donde incluso su ángel de la
guarda podía tomarse un respiro, un
“trinqui” de libertad apenas
vigilada; y era en la emancipación
inventada de estos espacios donde
las musas se le desnudaban y él daba
rienda suelta al artista, al domador
de sus propios fantasmas y quimeras.
Igualmente sucedía en las noches de
antros de nombres pretenciosos:
“Regine´s”, “Scott´s”, “Morocco
Palace” y en el sin fin de cutres,
falsos y carísimos cabarets
anónimos, desheredados incluso de
neón; la mayoría de ellos solapados
burdeles donde los enflaquecidos
cartones de vino peleón y las
botellas de cervezas se amontonaban
— “¡a ver quien tiene cojones de
beber más!”— sobre las impúdicas
mesas del gentío no practicante de
las cinco preceptivas oraciones.
Allí, el hombre de alma herida
ejercía la dualidad maldita de ser
también un escritor incomprendido.
Mucho antes que se publicasen le oí
la versión etílica de estas
palabras: “La palabra “éxito” me
recuerda siempre a una sonrisa
forzada y frívola o a un negocio
lucrativo engañoso. No quiero hablar
de éxitos, atentan contra mi
ambición” “A quien está habitado por
la eternidad no le importa la
victoria, ¿Qué puede hacer Don
quijote con su vida si pierde su
locura?
Mohamed era un tío que mantenía el
tipo, sí, era un estoico con su
karma manchado por la desolación, un
atlas fatigado; muchas veces le
sospeché lágrimas secas como charcos
agrietados; ojeras como ondas en la
extensión de una poza de fondo
insondable; lodazales creativos para
su escritura; lagañas de dolor, de
mucho dolor, de tanto dolor que para
nada serviría si se pesase; esto
hizo que le estimara casi como a un
hermano.
Delicada Ave del paraíso a la que le
tocó anidar en la cara oculta de la
luna: en la incomprensión y en la
soledad. Cuando es estigma, el
llanto se torna aullido, dolor
flameante al que Mohamed aplacaba
las llamas con alcohol, solo o junto
a las Vestales musas de sus noches y
ensueños infinitos.
Y además: ¿Si en España, para los
mejores, escribir todavía es llorar
qué me dirán ustedes de ejercer como
un Escritor de Raza a catorce
kilómetros de ésta, en Marruecos, en
nuestra hermana África, la fértil y
bella, espacio mítico, en donde el
surrealismo ya existía antes de que
Bretón naciera? Lugar donde, de
forma más acentuada, las composturas
y deseos que el corazón en verdad
siente y proclama hay que
ocultarlos, cueste lo que nos
cueste. En el mundo todo únicamente
los iluminados se salvan de esta
andrajosa carga; y muy pocos son —de
los nombrados como artistas— los que
consiguen rasgar el lienzo de esta
normalizada esclavitud. Algunos
teóricos de la dialéctica comparada
( recua de borricos acomodados a las
bridas) opinan que al igual que las
religiones no precisan de la
espiritualidad, el Ser humano no
necesita de las corazonadas. Sí, la
Madre Tierra soporta crónica cefalea
por las travesuras de sus tantos
mozalbetes, tontuelos, ignorantes.
¿Qué sabe nadie de alguien?
“Nuestras casas saben bien lo que
somos” dijo el comúnmente admirado
Juan Ramón Jiménez quien, por
cierto, sabiamente salía poco de las
suyas. Es verdad que a la persona y
al escritor llamado Mohamed Chukri,
le hubiese gustado haber podido
salir y entrar más de su país — pero
tanto tienes tanto nos vales parece
que tienen grabado en bancos y
expendedurías de visados — pero esto
no fue inconveniente para hacer una
más que interesante y singular obra
literaria que le permitió darse
algunos “voltios” por los
geográficos extrarradios.
Que todavía existieran lectores
europeos que a finales del siglo XX
se escandalizara con la desnudez de
su escritura no le importaba tanto —
él sabía que el cinismo y el miedo
es patrimonio universal— como el
precio de venta de los libros y sus
menguados derechos de autor
recibidos. Recuerdo nuestras
carcajadas de hipopótamos inmersos
ante la fantasiosa ocurrencia suya
de colocar cámaras secretas (a modo
de webcam) en ciertas habitaciones,
en la intimidad de los sepulcros
blanqueados de ambos lados del
Estrecho.
Siempre estaba con la gente
desprotegida: “Si a los oídos de los
príncipes llegase — decía él,
remedando a Don Quijote— la verdad
desnuda, sin los vestidos de la
lisonja, otros siglos correrían”.
A veces antes de entrar yo al
“Negresco” miraba tras los cristales
o me asomaba a la escalerilla del
piso superior por ver si él había
llegado (solíamos quedar siempre
sobre las doce, una o dos horas
menos en España, dependiendo de las
estaciones. Y allí estaba Mohamed,
como si no se hubiese mudado de
postura desde la última vez, como si
sus largas horas de soliloquios no
hubieran encontrado una pausa, como
si la madrugada no hubiese otorgado
ni tan siquiera una breve amnistía
al mono saltarín de sus pesadillas.
No, no poseía más resuello que la
avidez con la que narraba su vida y
“pribaba”. —“Los ojos del búho están
despiertos en los míos”, dijo alguna
vez.
Y allí estaba, sí, su esqueleto
menudo y surcado por los azogues de
la vida y la vid; con su benemérito
mostacho perdulario tostado por el
tabaco y enlucido en sus bordes más
terrenales por el nácar de la
efervescencia espumosa de la
“flojita” cerveza “flag”; con las
dos finas bolladuras cicatrizadas,
chifarradas profundas, vacías, en su
frente y la ganzúa prominente de su
nariz aguileña: ¡Oh, he aquí el
implacable opinador de todo! Aunque
he de confesar que tratándose de
patrias chicas, él por rifeño y yo
por andaluz (que en temperamento
externo es casi lo mismo) quedábamos
casi siempre en tablas: si para él
su tierra era insoportable, yo a la
mía le veía aún peor; con más
defectos incluso de los que en
mentira no poseía.
Ahora sé que todos aquellos
denuestos fueron producto de la
literatura y de la ignorancia
espiritual pues ¿que hubiera sido de
él sin su enigmática Tánger y de mi
sin el ensueño de “mi” Málaga, de la
poca altura intelectual de inciertos
políticos, de la poca catadura moral
de muchos poetas, de la almendra
vana de la hipócrita amistad…? Sí,
del hartazgo de mediocridad surge el
despertar, la consonancia que da
sentido a una vida. Lo bueno de las
ciudades es su indolencia, su
indefensión, su humildad salvaje;
nunca se quejan. Y sin embargo
debiéramos pisarla como besándola,
jubilosos de existirla aunque la
humareda de los vendedores de humo
intenten nublar la esencial belleza
de nuestra visión.
No, a él, a Mohamed Chukri, no le
fastidiaba Tánger —“La grande” como
le gustaba nombrarla en los
subidones— sino muchos de sus
mamarrachos, quienes desde
posiciones elevadas la hacían para
él irrespirable, al igual que podría
ocurrir con… (Ponga aquí el lector
el nombre del villorrio o ciudad de
sus dolores). Nunca le oí quejarse
de España, nunca. Él era generoso,
no sólo en cervezas, y supo
positivizar todas las experiencias,
ahí están las palabras de sus
libros.
No, no existe tonto mayor que quien
se miente a sí mismo y no hay necio
mayor que quien no abre puertas a un
escritor verdadero. Oh Tánger —
¡intacta decadencia perfecta! —ya
sin su más bella flor silvestre.
Pasaron los años y él seguía
bebiendo y “rajando” y escribiendo
cada vez mejor y con más sobriedad
estilística que no etílica.
Estábamos de acuerdo que de existir
en su país, tal como ocurre en
España, cofradías nazarenas, peñas
taurinas y futboleras no le hubiese
echo falta tampoco ser un buen
escritor traducido a hasta la
saciedad— incluso al hebreo—, le
hubiera bastado con mearse en la
creación y seguir la tradición de la
cancioncilla popular y ser un buen
relaciones públicas. Y una vez en el
redil le hubiesen echado una mano
con la corruptela de los premios.
¡Pero tampoco! pues carecía de
tolerancia a estos compuestos
químicos humanos, cualidad
indispensable del bufón perfecto.
Asequible siempre, nunca se
consideró un mediocre. Siempre
denostó del chalaneo de los casposos
galardones literarios; nunca
comprendió que en España (a él le
gustaba hablar en español y de
España) “un país, por historia y
tradición, del primer mundo” se le
diera tanta importancia, como en los
países subdesarrollados, a la peor
de todas las corrupciones: la
intelectual. Cuando se ponía
bilateral, yo, a modo de llamada de
atención bromista le regañaba
patrióticamente ruborizado con un
grave carraspeo. No llegaba a
comprender — cosa que nos sucede a
muchos— el infantilismo de tantos
adultos. Coincidíamos en que el
tramposo ladino sólo se engaña así
mismo y que es un pobre ser con un
ego enfermizo, una pobre criaturas
embriagada de sí, Caín que incluso
el tiempo olvidará por muchas placas
y distinciones convenidas: “Estos
profesionales del trapicheo
literario son unos engañabobos ¿a
qué altura moral se creen?”
Por claro, se le tildaba de duro. Y
gracias a la ayuda de quien él menos
se esperaba, el joven rey de
Marruecos —“El ser humano en el
otoño de la vida o es sabio o es
loco, o recoge o es recogido”—
encontró al final de sus días la
atención del “buen samaritano” en un
hospital militar de Rabat. Auxilio
último que ni lectores —un simple
lector sólo es eso, un lector simple
— ni “amigos” — la amistad es un ave
que vuela alto— ni agentes
literarios ni artísticos —
sanguijuelas del arte — ni crítica
literaria — prostitución en nómina—
ni la inculta gente bien —
esnobistas acomplejados—fueron
capaces de darle.
Atrás quedaron nuestras largas
charlas sobre la vida, sobre el amor
y sus olvidos, sobre la Amistad y la
Literatura, sobre las
excentricidades de Jean Genet o Paul
Bowles…sobre el gozo de la poesía,
el pasional laberinto de las
relaciones hispano marroquíes y
nuestros paseos por el “Boulevar
Paster”, la “Avenue d´Espagne”, o la
“Rue de la Liberté”.
—“Estoy haciéndome mayor Mohamed, le
dije. — ¡Si todavía eres un
chiquillo! ¿Por qué dices eso?
Respondió él. —Por el número de
tumbas que visito cada vez que paseo
por mi memoria”.
Ignoraba yo que algún día escribiría
aquél insulso dialogo ebrio frente a
las columnas de Hércules. Sí,
querido Mohamed, cada competición
tiene su servidumbre. Somos nuestro
propio destino y nuestros sueños
son, a la vez, destino y camino.
Estoy seguro que cada atardecer
—allá donde te encuentres— brindarás
satisfecho por los notables cambios
que se suceden en tu país. Sí, día a
día, de pea en pea con tus ángeles
custodios.
Descansa en paz amigo, que las
bendiciones de tus aliados
verdaderos y las del “Marqués de
Riscal” sean contigo. Saha Joya.
DESDE EL ZOCO DONDE VEÍA PASAR LA
VIDA
FERNANDO DE ÁGREDA
BURILLO
Fuente: ABC.es/16-11-2003
Profesor del Departamento de
Estudios Árabes en la Facultad de
Filologíade la Universidad
Complutense

MOHAMED CHUKRI
Mohamed Chukri ha sido un autor
especial dentro de la literatura
marroquí contemporanea, porque no
está en una línea clásica, sino
vanguardista, fuera de todo
encasillamiento. Originario del Rif,
se trasladó con su familia a Tánger.
Analfabeto, fue autodidacta y empezó
a leer y a escribir a partir de los
veinte años. Se consagró a la
enseñanza y tuvo mucha relación con
los escritores americanos que vivían
en Tánger, como Paul Bowles, que le
abrió las puertas del mundo
literario en inglés. Su obra
emblemática y fundamental es «El pan
desnudo», en donde confiesa las
peripecias durísimas de su infancia.
Le siguió «Tiempo de errores»,
traducida por Malika Embarek al
español. Es una glosa de los
cafetines y de la gente que vive en
el ambiente callejero. Es el relato
de su experiencia de salir de una
vida condenada a la marginación por
la miseria.
Censurado en su país por su estilo
duro y autobiográfico, volvió a ser
publicado en Marruecos. Chukri
hablaba español con bastante
fluidez, un español, digamos, «de la
calle». Tuve la fortuna de conocerle
en Tánger en 1975. Mohamed Chukri
nos deja el estilo vivo de su
experiencia y de su vida, de sus
problemas con su padre, de la
sociedad, del hambre que padeció, de
la falta de medios y de la pobreza
en Tetuán y Tánger. Ahí tenía su
ambiente que le animaba a escribir:
una cafetería en el Zoco Chico donde
veía pasar la vida.
End of Story
By: Anouar Majid /
WAFIN / MOROCCAN CONNECTIONS IN
AMERICA
I have just learned about the death
of my favorite Moroccan writer at
the age of 63. Endowed with a
fierce, subversive spirit, raised in
the halls of misery and shame,
Mohamed Choukri, author of For Bread
Alone (al-khubz al-hafi) and
Streetwise (zamanu al-akhta’), among
other writings, was one of the most
remarkable figures to have graced
the world of Arabic literature in
the last few decades, at least since
the publication of For Bread Alone
in English, then in French
(translated by Tahar ben Jelloun),
and only recently in the original
Arabic. It took almost three decades
for the Moroccan censors to lift the
ban on the book.

MOHAMED CHOUKRI
The first installment of his
autobiography, For Bread Alone,
covering his early years, was also
banned from the American University
in Cairo and caused a furor in
international literary circles.
Egyptian censors, like the Moroccans
ones before them, found it
un-Islamic and offensive to public
morals. And why would that be?
Choukri was born into a hard life
with a brutal, abusive father who
killed his younger brother, grew
illiterate while haunting the
streets of Tetouan, Tangier, and
Oran in Algeria, before eventually
learning to read and write after the
age of 20, then becoming a school
teacher, a repetiteur in my junior
high in Tangier, and finally a
full-time writer when his fame
spread to the four corners of the
world. (al-khubz al-hafi has been
translated into 39 languages).
Choukri’s sin was to talk about his
experiences in the streets, his
drinking and smoking a lot of kif,
his carousing with prostitutes, his
hanging around with other low lives,
sleeping in cemeteries, doing time
in a psychiatric hospital (marstan),
and many other details that people
found objectionable. I remember a
conversation I once had with a
well-educated Moroccan official
about him. After I praised Choukri’s
literary courage for saying it as it
is, the official told me that the
writer was insane. “Who cares about
literary courage?" Old timers from
Tangier used to put the writer down
by telling everyone how he used to
shine their shoes and run errands
for them. I just couldn’t believe
the level of such arrogance. Some
eventually turned around to see him
as he was: a self-made man who
overcame the odds to share his story
and heal his wounds though writing,
but others still saw him as a
pathetic, drunk writer.
He liked literary rebels and was
impressed by the likes of Jean
Genet. His knowledge of both Arabic
and Spanish literature was
extensive. He never married and
spent most of his days in Bar
Negresco near the center of town in
Tangier. One could always see him
walking down the main boulevard with
his al-Hayat newspaper, smoking his
cigarettes, and looking quite
engrossed in his thoughts. People
who sought him out for interviews
could always find him in his hang
out.
Many people are shocked by Choukri’s
graphic depictions, but history will
vindicate him as the most far-seeing
writer of his generation. He made
his life an open book and held it as
a mirror to our own demons. Those
who like to preach will always
preach; but those who know that
human life is messy and full of
“sound and fury” will miss Choukri’s
courage and defiant spirit. He was
who he was--a tough but gentle and
creative spirit who was dealt a bad
hand--and God in His infinite wisdom
allowed him to tell his tale before
he succumbed to cancer. I am sure he
struggled till the end in Rabat's
military hospital, where his
expenses were covered by the king
himself. His Majesty knows that in
Choukri Morocco has a treasure of
incalculable value.
May he find the peace that eluded
him in life.
Mohamed Choukri,
une légende épique
29/6/2007 -
Miloudi Belmir - Copyright © 2007
Libération
Choukri est l'un des plus grands
écrivains de l'âme contemporaine.
Dans son oeuvre variée des images et
pleine de charme, il décrit non la
tristesse déprimante des
renoncements mais l'ardeur des
batailles pour la vérité.

ROMAN DE MAHAMED
CHOUKRI, LE PAIN NU
N'oublions pas "Le Pain nu", une
épopée que des critiques ont pu
prendre pour un chef-d'oeuvre, cet
écrivain turbulent a suscité par sa
plume les diatribes mordantes. Quand
on cherchera dans les siècles à
venir à satisfaire une curiosité qui
caractérise notre époque, on
consultera cet écrivain éperdu.
Choukri a montré le dévergondage,
l'arrivisme, la luxure, l'appétit de
jouissance de son temps et a
clarifié dans ses oeuvres sans
pareilles "Le Pain nu, Le Temps des
erreurs, La Tente, Le Visage etc",
un genre neuf et saillant, ordonné
d'une morale artistique et plein de
philosophie, de paradoxe délicieux.
Un jour, le hasard met Choukri en
présence de son idole Paul Bowles,
un écrivain dans l'air du temps.
Bowles l'a aidé à se construire et
lui a appris que tout écrivain,
quelle que soit la critique qu'il
exprime vis-à-vis de sa propre
société, reste influencé par ses
conditions de vie, son milieu, sa
culture, et depuis, Choukri s'est
servi de lui comme un projecteur
pour éclairer certaines choses.
Choukri a débuté avec un succès fou,
il a compris son ridicule à vingt
ans. "Le Pain nu" marque cette
période de cauchemars et c'est
pourquoi il le donne comme préface à
tout ce qu'il écrira dans l'avenir.
Depuis ce roman, il cherche sa route
et la cherchera jusqu'à sa mort. Il
a fait ce roman parce qu'il ne
supporte pas les esthétiques et les
éthiques dans le vide.
Comme tout écrivain, choukri écrit à
partir de la connaissance qu'il a du
réel, que cela relève de
l'expérience ou de l'observation.
Dans son roman publié sous ce titre
"Le Pain nu" qui a obtenu un si
grand succès, il introduit la grâce,
non par goût de sacrilège, mais
parce que sa vision du monde est
ainsi et parce qu'il croit que la
destinée de chacun de nous se ramène
à cette lutte, à ces débats entre la
chair et le plaisir. On trouve
toujours à cette oeuvre, malgré
toutes les réserves qu'on peut faire
sur son style, tant de conscience,
tant de vérité, qu'on croit, qu'on
la relira longtemps encore. Cette
oeuvre est considérable par les
découvertes, par la puissance de la
narration et de la pénétration.

MOHAMED CHOUKRI
Tanger, c'est son refuge, parce
qu'il y a vécu, parce qu'il parle et
écrit son langage. C'est dans cette
ville où se passent ses histoires,
ses aventures. Choukri admire en
elle la cohésion pathétique de
presque chasteté d'âme. Choukri et
Tanger n'étaient qu'un duo unifié.
Dans cette ville, il est vagabond,
il aime ses nuits splendides, ses
bars, ses casinos, sa plage de
sable, sa vie solitaire, ses
coquettes maisons, ses fêtes
païennes, ses femmes qui aiment
comme dans des romans romantiques.
Pour lui, Tanger est le plus beau
roman depuis des années. Chaque
quartier lui donne l'impression
d'une langue nouvelle, et les
Tangérois, sont sensibles au temps;
par mauvais temps, ils sont moroses,
par beau temps, ils sont allègres.
Choukri a eu une enfance errante et
il est possédé par le démon de
l'aventure. Il a vécu pas mal
d'années dans l'étrangeté, la
beuverie et le goût du malheur, il
aime la netteté du détail, le flou,
l'extravagant.
Car, d'après lui, l'ordre et le
désordre se commandent et le point
où ils se rejoignent lui est le plus
cher. Cet écrivain maudit nous a
toujours paru être le plus beau, le
plus grand parce qu'il a créé un
monde romanesque, riche, profond,
exceptionnel. Choukri nous pousse à
aimer la racaille, à la mettre à nu.
Dans ses oeuvres, Choukri crée le
sujet et son décor, deux choses le
rendent très fier : l'essai et la
confession, l'écrivain ici nous
apparaîtra si prévenant.
Malgré les dires des critiques,
Choukri apprend la responsabilité
qui est la plus grande garantie de
dignité. Pour lui, ce n'est point la
vocation d'écrire qui est
nécessaire, c'est la conscience de
l'écrivain, les moeurs littéraires
qui exhortent les écrivains à avoir
quelques idées pour ennuyer. Choukri
utilise la forme du roman; mais il
est vrai qu'il coule dans cette
forme beaucoup de confessions. Et
que ses romans sont remplis de
choses autobiographiques. Il croit
que la littérature vise le moi,
prend toujours le "moi" pour sujet,
franchement et directement la vie
errante et insouciante de Choukri,
l'a mis en rapport avec une
multitude de types qui défilent dans
son oeuvre si variée. Il est
réaliste et un écrivain dont
l'oeuvre est un hymne à la vie.
Choukri est l'un des écrivains qui
se réjouissent en toute bonne foi de
querelles littéraires. Il a assisté
à ces querelles sans vouloir
convaincre les adversaires, il a
toujours gagné à ces querelles une
certaine indépendance et une
distinction de langage. Il pense
toujours que ces chamailleurs, ces
hargneux contradictoires, qu'on les
aime ou qu'on les déteste, ne
peuvent rétrécir ou élargir les
limites de notre modèle de vie, ce
modèle qui nous fait connaître de
grandes joies, de profondes
douleurs.
Choukri a conceptualisé face à son
existence, une vue en partie double
; l'inévitable de l'écrivain errant
qui veut produire envers et contre
tous, ne pas devenir un raté. Ermite
le jour, dévergondé la nuit,
l'humour de Choukri paraît
dangereux, parce qu'il s'insinue
dans les choses sérieuses. Par
l'humour, il voulait juger et
condamner les ridicules en les
comparant à la vérité admise. Pour
lui, l'humour n'a donc rien qui
puisse plaire à ceux qui se vautrent
orgueilleusement et s'enferment dans
leurs certitudes. En lisant Choukri,
nous hochons la tête avec
satisfaction et nous sentons qu'il
ne souhaite pas autre chose que de
voir appliquer à son oeuvre ce même
profil. Choukri a toujours été
l'homme qui a besoin de s'évader.
Personne n'a dû éprouver ce
sentiment aussi fortement que ses
amis intimes, ses admirateurs. Il y
a quelque chose chez Choukri qui le
blesse, un certain côté malsain dans
sa conscience ; il ne sait
d'ailleurs pas d'autres vérités que
d'être profondément d'accord avec
lui-même. Il ne peut supporter un
homme qui devient fou. Il est un
esprit tourmenté, il a vécu dans un
tapage si absolu qu'il doute même
d'avoir une voix. En fait, sa vie a
plusieurs fois été plongée dans
l'errance ; mais il a l'âme la plus
inaccessible à ces flux et reflux, à
ces orages, à toutes les sautes
d'humeur.
On a lu avec passion ses ouvrages;
chaque fois qu'on songe à lui, on
évoque tout d'abord le fils de
l'errance. Choukri est cette
sensibilité et cette sincérité qui
font de lui un roman immortel. Son
oeuvre sera toujours lue et étudiée
parce qu'elle constitue un véritable
chapitre de notre époque de sorte
que les historiens littéraires et
les chercheurs de l'avenir lui
consacreront des thèses. C'est par
des écrivains comme Choukri, que les
littérateurs se renouvellent. Enfin,
il a inventé un nouvel outil
d'expression pour prendre de
nouveaux aspects des choses.
Pour nous, Choukri n'est pas un
écrivain qui disparaît, c'est une
flamme qui s'éteint, une source
d'idées, de rêves, de folie et
d'enthousiasme qui se tarit. Il a
écrit et il y a plus de coeur dans
ses tapages, il a toujours considéré
la mort comme une chose très simple,
l'affaire d'une seconde. Dans sa
tombe, il a fini sa vie dans le
calme, dans le silence et la paix.
Parce qu'il est mort jeune, rien n'a
vieilli, en lui, dans son âme, rien
ne s'était desséché, tout en lui
était actif, la mort elle-même
n'aura pas réussi à le mater.
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