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HOMENAJE A MOHAMED CHOUKRI

FUENTE: La revista digital “Pliegos de Opinión”

El escritor marroquí Mohamed Choukri falleció el sábado día 15 de noviembre en Rabat después de una larga enfermedad. El fallecimiento de Chukri constituye "la pérdida de un brillante símbolo de la cultura marroquí y árabe" como ha señalado la Unión de Escritores de Marruecos (UEM). Expresando su aflicción, la UEM subrayó en un comunicado que con la muerte de Mohamed Chukri desaparece "un eminente escritor que consiguió describir la realidad de la sociedad y de la historia de Marruecos a través sus novelas y obras teatrales”.


MOHAMED CHOUKRI

Mohamed Choukri, considerado como uno de los más prodigiosos autores del mundo árabe y analfabeto hasta la edad de 21 años, escribió una de las más famosas obras de la literatura marroquí contemporánea: El pan desnudo, una autobiografía de Mohamed Chukri que durante 17 años encabezó la lista de libros prohibidos en Marruecos.

La revista digital “Pliegos de Opinión” quieso homenajear su figura y su obra con este informe especial en el que publicaron el texto inédito de Mohamed Chukri titulado Raíces. También incluiron varios artículos seleccionados en la red, una entrevista, una reseña del último libro suyo publicado en España Rostros, amores, maldiciones y una breve nota biográfica del autor.

NOS QUEDA LA PALABRA
TETIMONIOS DEIDAD SOLIDAR
MOHAMED CHOUKRI

Fuente: pliegosdeopinion

…La emigración ha cambiado de cara: se ha convertido en silenciosa y mortífera. Si la emigración fue, en el pasado, una prueba iniciática que acrecentaba el humanismo de la persona y le permitía pasar de un estado de indigencia a un estado de enriquecimiento, se ha convertido, actualmente, en una antecámara de la muerte, real o metafórica. La candidatura a la e migración es una candidatura a la muerte. Expulsado por las carencias y la sequía, arrojado en brazos de la aventura, el emigrante no lleva con él más que un rayo de esperanza y un asustado soplo de dignidad…

…El litoral español se alcanza desde Tánger en menos de una hora.

El transportista hace pagar caro este sueño a aquel que quiere ir a su encuentro. Millares de dirhams. Una suma con frecuencia difícilmente adquirida. Estos Ulises modernos no vuelven siempre de sus aventuras. Los dioses del Olimpo han emigrado ellos también.

El abismo que separa a los países ricos de los países pobres es más profundo que nunca. La sociedad de consumo, la opulencia de Occidente, el mito de la democracia, han operado una fascinación inigualable sobre los pobres del tercer mundo… En mi país, centenares de clandestinos intentan cada día atravesar el Estrecho, arriesgando sus vidas sobre pequeñas barcas. Obstinados en su búsqueda de la tierra prometida, provocan a la muerte… Europa asiste actualmente a este fenómeno con angustia. Ve su ciudadela asediada por todas partes y, para protegerse intenta (quiere) transformar sus fronteras en una fortaleza inexpugnable.

La muralla de hierro se transforma en una muralla de arena. Que quiere la Europa opulenta si no salvaguardar su riqueza.

RAÍCES

(texto inédito de Mohamed Choukri)

FUENTE: La revista digital “Pliegos de Opinión”

Aquellos que han leído mi autobiografía, El pan desnudo , saben que soy hijo de la inmigración.


MOHAMED CHOUKRI

Fue en los años cuarenta. Mi territorio de origen, el Rif, padeció una terrible sequía. Los míos, como todos los demás, fueron arrojados a los caminos por el hambre y la escasez. Tomaron los caminos del exilio unos hacia Orán, otros hacia la zona norte de Marruecos y especialmente a Tánger. Desde Beni Chiker, aldea próxima a la ciudad de Melilla, transportamos un solo y único bien: el rifeño, nuestra lengua.

Tenía siete años cuando encallé en Tánger, el Paraíso de la época. Y, cuando quería jugar con otros niños del arrabal donde mis padres habían plantado su barraca, encontré la persecución: - “Vete de aquí, hijo del hambre”. “¡Largo! ¡Fuera, rifeño!”

¿Será natural la crueldad en los niños? En cualquier caso, sabe ser espectacular.

En este mismo arrabal vivían gitanos y andaluces, tan marginados como nosotros, los rifeños, pero gozando de un estatus menos precario que el nuestro. Hacía mucho tiempo que estaban instalados allí. Ganaban su vida algunas veces haciendo trabajos manuales, otras veces robando. Sus hijos me aceptaron y trataron como uno de ellos. Unía con frecuencia mi fuerza a la suya para atacar a los otros niños del suburbio, los más violentos, los marroquíes. Estos niños gitanos y andaluces me enseñaron no solamente a defenderme, los niños hablan sobre todo con el lenguaje del cuerpo, sino también a pronunciar las primeras palabras en español. Es así como aprendí el español antes que el dialectal marroquí. La lengua del exilio.

Todavía hoy, el Mediterráneo es un espacio de exilio, de inmigración. El hambre no es tan violenta como en el pasado, pero ha dejado paso a sus secuelas: el marasmo económico, la elevada tasa de paro, los accidentes ecológicos, la guerra étnica, todos vectores del mismo efecto inhumano, todos fuente de desestabilización.

Estos factores están en el origen del desplazamiento masivo y con frecuencia incontrolado de hombres en una geografía perturbada por la Historia –antigua y moderna-, por las ideologías y los sistemas económicos. Así, se vuelve difícil hablar actualmente del porvenir del Mediterráneo sin vernos enfrentados a esta siniestra realidad.

El escenario actual es sombrío, casi apocalíptico, como ya constaté en 1993 en otra comunicación. Todavía hoy, me veo obligado, moral y humanamente, a denunciar:

• El fenómeno de los espaldas mojadas .
• El fenómeno de las barcas de la muerte ( pateras )

La emigración ha cambiado de cara: se ha convertido en silenciosa y mortífera. Si la emigración fue, en el pasado, una prueba iniciática que acrecentaba el humanismo de la persona y le permitía pasar de un estado de indigencia a un estado de enriquecimiento, se ha convertido, actualmente, en una antecámara de la muerte, real o metafórica. La candidatura a la emigración es una candidatura a la muerte. Expulsado por las carencias y la sequía, arrojado en brazos de la aventura, el emigrante no lleva con él más que un rayo de esperanza y un asustado soplo de dignidad. Conozco los asuntos de la vida errante. Yo también he sido perseguido por niños y viejos, pero me fue dado aprender la lengua de mis perseguidores. Es verdad que intentaba entonces disimular mi acento para ocultar mi origen indeseable en una sociedad que despreciaba a los rifeños. Pero terminé por triunfar sobre esta lengua estructurada y poderosa, clara y extranjera. La sometí a mi ley. La vencí.

¿De qué triunfo se jacta el actual emigrante? ¿Sobre quién?


SUEÑOS ROTOS EN EL MAR

Asistimos actualmente a una pérdida de valores morales que provoca por todas partes un estallido de las sociedades que las han producido. La costa sur ha aceptado también la filosofía de “el tiempo es oro”. Intenta, también ella y por todos los medios, hacer suyas las ideas utilitaristas y la lógica cartesiana. Favorece a los grupos económicamente fuertes. Aparca a sus marginados en las zonas periféricas. Todo eso tiene como consecuencia que los jóvenes, hombres y mujeres, sueñen con otra tierra, con otra vida. Ocurre que son justamente los menos tocados por el virus del fracaso. Ocurre que, justo frente a ellos, en la punta de sus miradas, espejea una tierra más clemente, o así lo creen ellos, la de la ribera norte. La desean. La codician. La acarician. Desean, cueste lo que cueste, fundirse con ella.

Adelante, hacia la aniquilación.

El litoral español se alcanza desde Tánger en menos de una hora.

El transportista hace pagar caro este sueño a aquel que quiere ir a su encuentro. Millares de dirhams. Una suma con frecuencia difícilmente adquirida. Estos Ulises modernos no vuelven siempre de sus aventuras. Los dioses del Olimpo también han emigrado.

El abismo que separa los países ricos de los países pobres es más profundo que nunca. La sociedad de consumo, la opulencia de Occidente, el mito de la democracia, han operado una fascinación inigualable sobre los pobres del tercer mundo. En los países ex-comunistas, millares de personas tenían sus maletas ya hechas, aguardando una aparente esperanza, para venir a la Europa rica. En mi país, centenares de clandestinos intentan cada día atravesar el Estrecho, arriesgando sus vidas sobre pequeñas barcas. Obstinados en su búsqueda de la tierra prometida, provocan a la muerte. Italia conoce este problema. Europa actualmente asiste a este fenómeno con angustia. Ve su ciudadela asediada por todas partes y, para protegerse, intenta (quiere) transformar sus fronteras en una fortaleza inexpugnable.

La muralla de hierro se transforma en una muralla de arena. ¿Qué quiere la Europa opulenta si no salvaguardar su riqueza?

En el Mediterráneo la situación es esquizofrénica. Los países, divididos geográfica y psicológicamente por un modelo nórdico y materialista, buscan soluciones tecnológicas a problemas culturales y sociales, y con la intuición de que las soluciones no podrán ser más que intelectuales; adoptan estrategias inadecuadas. Pues la respuesta a todas nuestras cuestiones puede encontrarse en el pensamiento mediterráneo y orientalista de nuestros humanistas. La hazaña de Ulises puede servir de modelo. Este héroe que surca los mares, errando durante diez años en busca de la verdad, era un emigrante que Ítaca ve volver tranquilizado por la sabiduría y profundamente humanista gracias a su periplo.

Yo fui Ulises, en un momento de mi vida. ¿He dejado de serlo?

He recorrido un periplo como el suyo. Lo recorro aún. Mi espacio de aventura es un espacio escriptural. Mi madre es la escritura. Mis pruebas son de orden intelectual.

Recuerdo que mi madre me obligaba a hablar en rifeño y me prohibía hablar otra lengua que no fuese aquélla. Nacido en el Rif, yo debía continuar hablando la lengua de mi tierra, decía. La muerte libró a mi hermano Abdelkader de esta guerra. A mis otros hermanos y hermanas, hijos e hijas del exilio, no les concernía esta batalla. Eran libres de utilizar la lengua de sus ancestros o la de su tierra natal.

Como ustedes saben sin duda, no supe leer y escribir hasta los veinte años. Aprender una lengua que no era la mía y poseerla fue una prueba, un desafío antes de ser una profesión. Aprendí el árabe clásico con los límites que se imponen a un autodidacta. Sin embargo, alcancé a enseñarlo en las escuelas primarias y secundarias. He podido escribir libros gracias a esta lengua. Solamente, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de toda mi voluntad de expresarme en esta nueva lengua, una nostalgia silenciosa y no obstante viva me ata a la orilla de mi lengua materna y sólo se aplaca con su utilización. No soy más que un niño adoptivo en todas las lenguas que utilizo para hablar o para escribir, incluso la lengua del Profeta: no puede colmar el vacío que me ocasiona la ausencia de mi primera lengua, aquélla de la que fui desposeído.

En el exilio, cuando todas las lenguas valen, he hecho de la lengua árabe un instrumento para comunicarme con la sociedad en la que vivo. No me arrepiento de haber aprendido el árabe y de haber escrito en árabe todos mis libros. Diré más, me siento privilegiado frente a mis compatriotas que utilizan otras lenguas distintas a la de su sociedad de origen y que son tratados de ingratos y renegados a pesar de su genio.

No me digan que este juicio es anacrónico... La sociedad árabe posee un pensamiento atrofiado, y tenemos el ejemplo de este poeta bereber que escribe sus poemas en un francés sublime y que sin embargo ha soñado siempre con poder hacerlo en árabe. Reconocía que esta lengua era superior. Era el único que la recordaba tal como la había aprendido en la escuela coránica. Mohamed Kheireddine murió sin poder poseer esta lengua árabe, pura y grandiosa.

Entonces, ¿qué es la escritura? ¿Qué es la expresión?

Imaginad una lengua en hibernación. Imaginad un hombre que intenta usar esta lengua para expresarse. Tal es mi situación cara a esta lengua que me es extranjera.

Dicen que el que encuentra refugio en una lengua que no es la suya está mejor armado para dominarla. La perfecciona mejor que sus nativos. Este es el caso de Conrad, Beckett, Nadokov, Ionesco, Gibran Khalil Gibran...

¿Por qué? La única cosa que puedo afirmar es que la escritura tiene sus secretos, sus misterios que no penetramos impunemente: nos poseen y nos sentimos poseídos por ellos.

Actualmente, mi lengua es la que me permite escribir y el rifeño ha terminado por ser una nostalgia, la de un sueño.

Para el niño de la emigración, para el amante de la escritura, para el autodidacta que no ha cesado de sumergirse en la nostalgia de un sueño, el Mediterráneo es un mar, un periplo, un sueño iniciático, el espacio del Humanismo, el crisol de civilizaciones. Pero ninguna civilización es producto del azar. Es un largo proceso de humanización. No importa qué tribu puede poseer una cultura pero, ¿podemos hablar también de civilización? Los pueblos del Mediterráneo han vivido siempre en ciudades: Alejandría, Cartago, Atenas, Roma, Cádiz (Gades), Tánger... Ellos han forjado una civilización y es por ello por lo que estoy convencido de la fuerza de la percepción, de la capacidad intelectual que nosotros, mediterráneos, tenemos para hacer frente al peligro que amenaza nuestras riberas, nuestras culturas y nuestros hombres, si persistimos en querer seguir ciegamente el modelo nórdico.

El modelo nórdico, utilitarista y racionalista, es útil cuando se trata de organizar el trabajo o de optimizar el rendimiento; pero corresponde al Humanismo de las viejas culturas mediterráneas colmar ese modelo nórdico, insuflarle valores humanos.

Se me alcanza que, para sobrepasar el actual peligro, no hay que culpar ni a las religiones ni a las razas; después de todo, es el hombre quien interpreta los libros y es de sus actos de los que brota la ambigüedad. Es necesario volver a los fundamentos de las culturas, al humanismo que tuvo nacimiento en el Mediterráneo. Es el único modo de humanizar las sociedades de consumo.

Acaso algunas veces con poco se puede llegar a encontrar bastante...

MOHAMED CHUKRI, Una despedida sin adiós

FERNANDO DE ÁGREDA BURILLO
Fuente: alharaca.org

La imagen de Mohamed Chukri que viene a mi memoria en este día de su despedida es la de aquel escritor al que conocí en Tánger y con el que estuve en contacto por unas cartas sinceras, en español casi siempre, que conservo con cariño.


FERNANDO DE ÁGREDA

A finales de los años sesenta y ya en los setenta me dediqué a estudiar el mundo literario marroquí, animado por mi profesor y mentor, Pedro Martínez Montávez, entonces en la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense: eran mis primeros pasos en los estudios de literatura “neo-árabe”y en un mundo tan especial como era el Marruecos de aquellos años. La rápida respuesta de los propios escritores me animó tanto en mis estudios que conseguí publicar una encuesta (en la revista Almenara, primeramente, y por completo después, en los Cuadernos del “Seminario de Literatura y Pensamiento Árabes” del Instituto Hispano-Árabe de Cultura) en la que descubría sus datos personales y sus opiniones literarias. ¿Fue quizá un atrevimiento por mi parte? Seguramente pero era la forma de facilitarles el conocimiento de su propia obra y, lo mejor de todo, implicarles en mi propia experiencia . Por eso siempre estaré agradecido a mi profesor y buen amigo Martínez Montávez por su sincero afecto, por su paciencia y su ejemplo de honradez, por su dedicación en definitiva a mis esfuerzos universitarios. Él me puso en contacto con otro amigo inolvidable: ´Abdelkáder Smihi, tangerino y buen escritor, además de dibujante (suyos serían los diseños de las portadas de la revista Afaq, de la Unión de Escritores Marroquíes, y de la portada de la obra teatral de Chukri titulada Al-Sa´ada) al que había conocido durante su estancia en El Cairo. ¡Cómo olvidar los buenos momentos que pasé en su casa de Rabat, en la Place Lavigerie! Fue seguramente la llave que me introdujo en el mundo literario marroquí, junto a Mohamed Laarbi Messari, a través de la Unión de Escritores Marroquíes…Así llegué a Chukri, y es lo que deseaba rememorar ahora.

Mohamed Chukri me escribió una carta en español diciéndome que estaba dispuesto a ayudarme en mi trabajo con mucho gusto: me enviaba algunos relatos mecanografiados como muestra de su obra y contestaba a mis preguntas de la encuesta citada. Hoy vuelvo a leer sus respuestas – tan directas y graciosas a veces - que explican la situación en que se hallaba entonces.

En 1981 publicamos un relato de Chukri en la antología dedicada a la Literatura y el pensamiento marroquíes contemporáneos, del antiguo Instituto Hispano-Árabe de Cultura, en la que colaboraron más de treinta especialistas, entre arabistas e hispanistas. Su título: “Tres huecos” (Al-afwah al-talata) y fue traducida por nuestro compañero ya fallecido Marcelino Villegas (que tanto trabajó por dar a conocer la literatura árabe contemporánea). Firmado en Tánger, en 1967, es un texto muy significativo del estilo de Chukri y del ambiente de aquella ciudad visto por uno de sus protagonistas: el propio Chukri…

Este relato se incluiría en la versión original en el libro Al-jayma, en 1985, editado a expensas del autor. De 1985 data su novela Al-suq al-dajili, escrita en 1976 y siempre desde Tánger. Antes, en 1979, había aparecido en Beirut su libro de relatos titulado Maynun al-ward, (que conocí gracias a mi amigo Ahmed El Bahraoui)presentado por otra gran figura de la literatura marroquí Muhammad Barrada, profesor de la Facultad de Letras de Rabat. Se hicieron traducciones de algunos de estos relatos al español por Pedro Martínez Montávez, Said Sabia, entre otros que recuerde ahora.

Hasta 1982 no aparecería su primer libro autobiográfico: el famoso Al-jubz al-hafi, editado en árabe por el propio autor, después de haber estado censurado durante varios años. Se había publicado primero en inglés por el que fue su “descubridor” el conocido escritor Paul Bowles con el título de For bread alone, en 1973. Y en 1982, en Paris, la traducción al francés de Tahar Ben Jelloun: así se daría a conocer este libro (“sira datiyya riwa`iyya, 1935-1956”), primera parte de su autobiografía literaria, según el subtítulo del libro. La versión al español, El pan desnudo, se editó en 1982 , presentada por Juan Goytisolo,y luego, en otra editorial, en 1996, realizada por el profesor ´Abdallah Djbilou, al que me unen lazos de antigua amistad.

La segunda parte y con el título de Tiempo de errores, de 1992, sería traducida al español por Karima Hajjaj y Malika Embarek, mis buenas amigas también, y se publicó en 1995, afortunadamente.

Fernando Ramos, profesor de la Universidad de Alicante, ha estudiado la obra de Chukri dentro de su interesante libro titulado: Aproximación al relato marroquí en lengua árabe (1930-1980), editado por su universidad en 1998. Destaca, por ejemplo, los dos elementos que son la fuente de la creatividad de nuestro autor: la ciudad de Ténger, símbolo de inestabilidad, de una parte y, de otra, la experiencia personal del propio Chukri desde la miseria y la marginación…Hay que leer estas páginas de mi colega Fernando Ramos para conocer mejor el marco y la narrativa de una figura excepcional del mundo literario que nos debía ser mejor conocido…Por eso digo: una despedida que no es un adiós definitivo…

Mohamed Chukri, el más grande escritor de Marruecos

Javier Valenzuela
Publicado en EL PAIS | Gente - 16-11-2003


CHOUKRI Y VALENZUELA EN TANGER (2002)

Mohamed Chukri fue un gran escritor y una persona maravillosa. Este marroquí, que hasta pasados los veinte años de edad fue analfabeto y cuya infancia y juventud transcurrieron en una miseria y una violencia tremendas, fue un autor de la estirpe de los malditos, con una obra corta, intensa, repleta de amor a la humanidad y odio a las injusticias. Como persona, Chukri fue un gran amigo de sus amigos, con su rico corazón y su modesta casa siempre abiertos a aquel que no fuera un gilipollas. Sus amigos llevaban meses esperando la noticia que les llegó ayer por la tarde: la muerte de Chukri, como consecuencia de los múltiples cánceres con que su cuerpo había terminado respondiendo a tanto alcohol y tanta vida golfa, tanto sufrimiento y tanto gozo.

Chukri tenía 63 años. Había nacido en una pobre aldea rifeña, en la época del Protectorado español sobre el norte de Marruecos, y eso explicaba su excelente manejo del castellano, aunque no el cariño que siempre sintió por los españoles y su literatura. Su padre era un desertor del Ejército colonial que ataba al niño Chukri a un árbol y le azotaba con un cinturón de cuero. Ese padre era tan brutal que un día mató al hermano de Chukri: lo estranguló en un arrebato de cólera. Chukri nunca olvidó, ni perdonó, a su padre. Y si nunca quiso tener hijos fue, según explicaba, por el temor a reproducir con ellos lo que su progenitor les había hecho a él y a su hermano.

Analfabeto hasta los 21 años de edad, pero dotado de una inteligencia y una sensibilidad innatas y extraordinarias, Chukri fue un autodidacta. Contó su infancia y juventud en El pan desnudo, uno de los libros más importantes de la literatura árabe contemporánea. Libro duro, muy duro, El pan desnudo es un ejemplo de literatura descarnada y directa, la que practicaría el marroquí hasta el final de sus días. Su última obra traducida al castellano, Rostros, amores y maldiciones, participa de ese mismo espíritu: escenas brutales contadas de un modo tan sencillo, con tal aparente objetividad y desapego, que su eficacia estremecedora sale redoblada. Por ejemplo, en Rostros, un hombre le hace una felación a su anciano padre para que ya no necesite mujeres, para que no se case de nuevo y él no tenga que compartir con nadie su herencia. Y eso está contado escuetamente, sin comentarios ni efectismos de ningún tipo.

La última vez que nos vimos, en Tánger, donde Chukri vivía desde hacía décadas, el escritor me confirmó que la historia del hijo que le hace la felación al padre era verídica, era algo que había ocurrido en una aldea del norte marroquí, era un crudo trozo de realidad como todo lo suyo, desde sus aventuras con prostitutas de los cabarés de Tánger hasta su amistad con muchos de los escritores internacionales que recalaban por esa ciudad: Paul Bowles, Tennessee Williams, William Burroughs, Jean Genet, Allen Ginsberg, Juan Goytisolo, Tahan Ben Jelloun...

En ese encuentro, Chukri me anunció también que no sería un integrista fanático el que le mataría -él estaba en la lista negra del islamismo-, sino el cáncer. Me lo contó con mucha serenidad y hasta con una pizca de humor. Y es que el descubrimiento de que Chukri sufría esa enfermedad había llevado al rey Mohamed VI a cuidar de él, cubriéndole la atención médica en un hospital militar de Rabat y creando una fundación para atesorar y preservar su obra. "Ahora que me estoy muriendo", dijo sin rencor, "se dan cuenta de que soy un escritor marroquí".

Era el más grande de los escritores marroquíes. No deja esposa ni hijos ni fortuna material de ningún tipo, pero sí unos textos impresionantes. Su obra El pan desnudo ha sido traducido a cuarenta lenguas, incluido el hebreo, y, entre la literatura árabe difundida internacionalmente, sólo es superado en celebridad por los de Naguib Mahfuz. Pero ese libro estuvo prohibido a los lectores marroquíes hasta hace bien poco, por la sencilla razón de que era demasiado realista. En él Chukri retrató un lugar y un tiempo desde el lado de los que limpiaban botas, vendían cigarrillos de contrabando, trapicheaban con kif, cometían pequeños hurtos o se prostituían con extranjeros. Luego, en Tiempo de errores, segunda entrega de la trilogía autobiográfica iniciada con El pan desnudo y culminada con Rostros, Chukri contó su extraordinario esfuerzo para convertirse en escritor desde su condición inicial de pícaro.

En una entrevista que sostuvimos para Babelia, el suplemento de libros y cultura de EL PAÍS, en el otoño del pasado año, Chukri declaró: "Yo estoy comprometido socialmente. Me inclino a defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. No soy Espartaco, pero creo que todas las personas tienen una dignidad que tiene que ser respetada. Aunque no hayan tenido oportunidades en la vida".

Digno, muy digno: así fue Chukri hasta el final. Un gran señor en los márgenes, y por ello más raro y apreciado; un escritor y un amigo irrepetibles.

Homenaje a Choukri

Antonio Reyes Ruiz
Publicado en Diario de Jerez el 22 de noviembre de 2003

Conocí a Mohamed Choukri hace ahora tres años. Lo hice en la cafetería del Hotel Ritz de Tánger -tal vez, el eslabón perdido de esta cadena de hoteles- donde, desde hace años, recibe a quienes se interesan por él. Sentado en su rincón junto a sus fotografías y su vaso de vodka, dejaba pasar el tiempo con sencillez. Callado, meditativo y convulso a la vez, nada hacía presumir en él que me encontraba ante una de las leyendas vivas de la literatura árabe contemporánea.


El escritor marroquí Mohamed Choukri

Al hablar, expresó su pasión por la literatura. Me contó su relación de amor y odio con Tánger, sus encuentros con Paul Bowles, su interés por El Quijote y el maestro Cervantes, su amor por Lorca y Aleixandre y, sobre todo, cómo su vida ha estado siempre marcada, antes y después de escribirla, por El pan desnudo, su obra más conocida.

Chukri tuvo una infancia difícil. Su relación familiar (mil veces maldijo a su padre) marcó, en buena medida, su trayectoria juvenil. Emigró con su familia desde el noreste a Tánger. Malvivió en sus calles. Creció en ellas observando la separación entre miseria y opulencia, al lado del alcohol y las drogas, de la prostitución y el robo, de los intentos de independencia y la multiculturalidad de la entonces ciudad internacional. La poesía y la cárcel despertaron en él la inquietud. Aprendió a leer a los veintiún años y, desde entonces, dedicó su vida a la enseñanza, a la literatura y, de modo especial, a doblegar los fantasmas del pasado y a hermanarse con sus lecturas, sus escritos y sus amigos.

En la terraza del hermosísimo café Hafa, que domina el Estrecho y donde uno tiene la sensación de que las dos orillas forman parte del mismo continente, trazó las líneas esenciales de su obra. Con el mar y Tánger siempre de fondo, relató su vida. Narró sus experiencias vitales y se enfrentó con valentía a una sociedad parada en el tiempo.

En Chukri podemos reconocer la lucha instintiva por la supervivencia; el afán humano de superación; la capacidad de defender las propias ideas ante los sistemas impositivos; la posibilidad de vivir una vida autónoma; la facultad de hacer de la autodestrucción un sistema de creación.

Lo visité en julio cuando la enfermedad y la edad mellaban su cuerpo. Su espíritu bullía más autónomo que nunca. Ajeno a reconocimientos y homenajes, encauzaba en paz, desnudo y sin equipaje, el último tramo; para él, tal vez, el más feliz. Su eterna convulsión interna dejó paso a la serenidad, a la placidez de quien no tiene deudas, de quien se siente libre.

La muerte, la que te proporciona, al fin, el merecido descanso, nos pilló cuando te preparábamos un merecido homenaje.

Seguro que mañana, desde tu querido infierno con una copa de moscatel o un vaso de vodka en las manos, compartirás con nosotros el esfuerzo de que tu obra siga viva.


Antonio Reyes Ruiz

Buena continuidad, Mohamed.

Homenaje a Mohamed Chukri

A modo de biografía

Fuente: El Poder de la Palabra

Mohamed Choukri (1935-2003)


Mohamed Choukri

Escritor marroquí nacido en el Rif donde pasa sus primeros años.

En 1945, al haber desertado su padre del ejército español, se traslada con su familia a Tánger donde su padre es condenado a dos años de prisión. Aquí comienza la gran odisea de su vida.

En Tánger aprende español, frecuenta los prostíbulos y se gana la vida haciendo de guía turístico de los marineros que llegan a Tánger.

A los veinte años se traslada a Larache para estudiar. En la ciudad de Larache pasó muchas calamidades, vive de la caridad de los amigos y de la comida que le dan en la escuela. Por las noches duerme en portales y en los bancos de los parques. Más tarde en Tetuán distribuye su tiempo entre la lectura en árabe y en español y las juergas en los bares.

Comienza a escribir sus primeros párrafos y a leer a famosos poetas. Un diario le publica un texto en prosa y le destinan a una escuela mixta en Tánger, donde sigue viendo la miseria, la suciedad, la enfermedad y el hambre. Se acaban los buenos tiempos de la prostitución pues a finales de los sesenta surge una generación de prostitutas jóvenes.

Es la generación de los hoteles de lujo, discotecas y las drogas. Lee y escribe sus impresiones en cualquier lugar sobre la mujer ideal, pura y cristalina mientras frecuenta a las prostitutas de los burdeles.

Disfruta de los recuerdos dejando aflorar las etapas de su vida actuales y pasadas, malas y buenas, tristes y alegres. Pasa un tiempo en el psiquiátrico. Allí los locos le abren las puertas de la inspiración. Su novela autobiográfica El pan desnudo , traza la vida del autor en el norte de Marruecos, y sobre todo en Tánger, donde vivió en la miseria.

Tiempo de errores es la segunda parte de ésta novela. Rostros, amores, maldiciones es su última novela publicada en España. Chukri residía habitualmente en Tánger.

Crítica a la novela Rostros, amores, maldiciones

FUENTE: SATIRIA
Traductor: Malika Embarek López y Alhoucine Bousalmate


Rostros, amores, maldiciones. Mohamed Chukri

Mohamed Chukri nació en Beni Chiker, en la paupérrima región marroquí del Rif. En su adolescencia, Chukri se trasladó a Tetuán, donde ejerció toda clase de oficios y terminó por frecuentar el submundo de la droga, la prostitución y el alcohol. A los veinte años, todavía analfabeto, se marchó a estudiar a Larache, entrando en contacto con la literatura. Gracias a ello, hoy día podemos disfrutar de esta gran novela "Rostro, amores, maldiciones", cuya publicación en Marruecos fue prohibida por la censura del régimen. Sin embargo, eso no ha sido suficiente para que Mohamed Chukri esté considerado hoy día como una de las voces imprescindibles de la literatura árabe contemporánea.

En esta gran novela, el autor se introduce en el interior de la miseria de esas gentes que viven en el Magreb. Su prosa desgarrada, aguda y precisa alcanza sus mejores momentos al relatar el perfil interno y externo de quince personajes que se encuentran y se pierden en la geografía nocturna y áspera de una ciudad literaria que ya no es, ni mucho menos, lo que fue: Tánger.

Jugadores, extranjeros extraviados, alcohol, drogas, delincuentes, prostitutas, pensadores irreverentes, etc... seres en la frontera de la marginalidad deambulan por la páginas de Chukri intentando reconocer en un oscuro túnel el sentido de la supervivencia, de la dignidad y paradójicamente de la alegría.

Mohamed Chukri no duda en denunciar los principales problemas que invaden Marruecos, a través de la descripción de la enfermedad que padece Tánger. Muchachos que tienen que abandonar a su familia y que la necesidad les obliga a marchar a España en busca de trabajo y comida, aún a sabiendas de que cuando abandone su ciudad, Tánger, perderá la alegría y las fuerzas para vivir, y una tremenda pena le entristecerá hasta hacerle perder el sabor de la vida.

El autor no duda en denunciar un régimen, el de Marruecos, que ha empujado a su gente a la ruina y a la hambruna, que hace de la emigración el único camino de salvación. Chukri describe como una ciudad con el enigma literario de Tánger, con el sabor de los limones y la brisa del mar, se ha convertido en un antro donde pululan los ladrones, donde la violación de los derechos se ha convertido en bandera, donde ya nadie socorre a nadie, y donde el sadismo es la ley que impera en las calles.

No obstante, en mitad de toda esta miseria hay un lugar para la belleza, para el cariño y el placer. La prostitución no sólo muestra su lado oscuro y codicioso, sino que también deja entrever la belleza de los momentos íntimos. Sonrisas, suspiros, formas de pechos deseados, curvas que trasmiten la frescura del cuerpo y el nombre de una mujer, Magda, o Magdalena o Umeljer, vocablo de donde procede la palabra mujer en español, según algunos lingüistas árabes.

Un libro imprescindible para abrir las miras hacia una cultura represaliada en un país lleno de contrastes y de gratas.

Soy un antiguo analfabeto

Mohamed Chukri
Publicado en Mayo de 2003 por El País

Un escritor tangerino que se esfuerza por dar sentido a una infancia robada, brutalizada, y en ser la memoria de los pobres, de los olvidados de la historia oficial. Un escritor que no habla de política ni de religión, pero tiene la virtud de irritar a los bienpensantes con títulos como “El pan desnudo” y “Rostros, amores, maldiciones”.


LE PAIN NU, MOHAMED CHOUKRI

Soy un antiguo analfabeto autodidacta que, deseó transmitir a los demás aquello que había aprendido. Pero hoy resultaría bastante difícil para un analfabeto tener la misma trayectoria que yo seguí en esa época. Además, de esta forma, he aprendido mucho más de los alumnos que de los profesores. A la edad de 20 años, tuve la disyuntiva entre convertirme en contrabandista o ir a estudiar árabe y español en El Harache. Leí mucho a los malditos, pero en literatura no existe un único Dios, hay varios... ¡En el cielo, es otra cosa! En mi vida me he enfrentado a tres desafíos: aprender a leer y a escribir, salir de esa clase social denigrada y, por último, sublimar mi vida a través de la escritura. Cuando era más joven, vivía en una choza. Cuando comía, siempre había un ratón delante de mí que pedía algo de comer. Yo era el gran amigo de las cucarachas y de los ratones. Frecuentaba el café Continental de Tetuán. Veía a un hombre que siempre llegaba muy elegante, bien arreglado, y al que todo el mundo saludaba. Yo asistía a la Escuela Normal de Profesores, vivía en una choza pero llevaba pajarita, quería ascender de categoría social. Un día, pregunté la identidad de ese señor. Me respondieron que era Mohammed Sabbag, el escritor más importante de la época. Era un poeta que escribió prosa poética, unos libritos que se leen en dos días. Me dije: si escribiendo cosas así uno se vuelve muy importante en una sociedad, yo también voy a hacerme escritor. Empecé a escribir algo que enseñé a ese señor, que me dijo: “No tienes estilo, pero tienes una buena gramática. Puedes seguir”. Así fue como comencé mi carrera, para adquirir prestigio, subir de categoría. Más tarde, me di cuenta de que la escritura podía ser también una forma de denunciar y protestar contra aquellos que me habían robado la infancia, la adolescencia y parte de mi juventud. Fue únicamente en ese momento cuando mi escritura se volvió comprometida. Cuando trabajaba en la enseñanza, y en los medios de comunicación, consideraba la escritura como una bagatela. No me consideraba un profesional. Pero hace unos 11 años decidí convertirme en escritor profesional. Incluso he escrito 256 páginas de mi último libro, Le Temps des erreurs (Tiempo de errores), en un mes.

“Tengo dos memorias: la memoria analfabeta y la memoria de un hombre que ha aprendido a leer una vez cumplidos los 20 años”

Tengo dos memorias: la memoria analfabeta y la memoria de un hombre que ha aprendido a leer una vez cumplidos los 20 años. Lo que hace que escriba primero en mi cabeza, de forma neurótica. Luego, perfilo sobre el papel con la ayuda de la gramática y del estilo. No tengo disciplina como Alberto Moravia, Hemingway, Victor Hugo, o Tahar Ben Jelloun, que se levantan a las 5 o alas 8 de la mañana y se ponen a escribir. Iría en contradicción con mi vida. Soy un hombre de las callejuelas. Nunca he sido alguien estable. En la actualidad dispongo de un apartamento donde conservar mis cassetes, mis libros, y mis papeles, pero antes vivía siempre en las pensiones, en los pequeños restaurantes, en los pequeños bares. Defiendo mi clase, defendiendo a los marginados.

“Ejerzo mi vergüenza contra una época determinada, humillante y miserable”


TENNESSEE WILLIAMS IN TANGIER, Mohamed Choukri

Mi caso es bastante excepcional. No tengo nada que perder. No llevo ningún titular familiar que exija deferencia y al que correría el riesgo de mancillar al escribir como lo hago. Soy un Mohammed desconocido en la historia y defiendo a la gente que la historia oficial siempre ha olvidado. Escribo sobre individuos anónimos, porque la “memoria de los pobres de por sí está menos alimentada que la de los ricos”, como dijo Albert Camus. Cuando escribo de la infancia, no se trata sólo de la mía. Se trata de aquellos que pertenecen a mi generación. Así pues, no es un caso aislado sino el arquetipo de todas las infancias que he conocido perfectamente. He tratado de condensar varias infancias en una sola. Mi infancia la he escrito a través de mi mirada adulta. Es decir, no a través de las mismas sensaciones que uno siente cuando es niño. Por tanto, incluye un lado imaginario. Me esfuerzo por volver a dar consideración a esa infancia robada, o peor aún, brutalizada por aquellos que hurtaban nuestra vida: los vampiros de la sociedad. Una infancia “flotante”, como un alga, una infancia “algosa”, si pude expresarme así. Me pregunto si la escritura es una segunda autoridad tras la autoridad principal. Es un poder. Pero un poder que no es extravagante. Soy un escritor tangerino. No soy un escritor marroquí, porque descubro Marruecos como los turistas: voy a Casablanca para pasear una semana, a Rabat dos o tres días, a Fez... En cambio, en Tánger vivo una intimidad con la gente, con los personajes, con los lugares.

A propósito de la imposible muerte de mi amigo Mohamed Chukri

Salvador López Becerra
Fuente: Marruecos Digital/Cultura/Literatura 29/12/2005


Mohamed Chukri y Salvador López Becerra
en una foto tomada en 1990

Un sábado 15 de noviembre moría, victima de su destino, Mohamed Chukri. — “ahora que me estoy muriendo”, comentó sin rencor a Javier Valenzuela, en una entrevista que sostuvo con éste para “Babelia”, el suplemento de libros y cultura del diario “El País”, se dan cuenta de que soy un escritor marroquí”— nacido en 1935 en una aldea rifeña, Mohamed Chukri se hizo célebre en todo el mundo literario entendido por su obra “el pan desnudo”— uno de los libros más importante de la literatura árabe contemporánea— donde narra su dura vida alrededor de la prostitución, el alcohol y las drogas. otros libros suyos —como parte de una trilogía—son: “Tiempo de errores” y “Rostros, Amores, Maldiciones”. amigo de sus amigos, descarado y sentimental, trabó relación con escritores como Paul Bowles, William Burroughs, Jean Genet, Allen Ginsberg, Tahar Ben Jelloun, o Tennessee Williams…

os conocimos a finales de los ochenta, no puedo precisar cuando, afortunadamente, hace años que dejé de ser esclavo de los guarismos y las manecillas de los relojes.

Unas veces quedábamos en la ruidosa terraza atlántica del destartalado y mítico hotel “Continental” donde con frecuencia yo me hospedaba; otras, en el snack del suntuoso y decadente “Minzah”, o en zona neutral: en el “Café Fuentes”, frente a la “Pensión Becerra,” —o en cualquier otro garito del “Zoco Chico”— pero la mayoría de las veces nuestros encuentros eran en el “Bar Negresco”, su hábitat preferido, espacio donde incluso su ángel de la guarda podía tomarse un respiro, un “trinqui” de libertad apenas vigilada; y era en la emancipación inventada de estos espacios donde las musas se le desnudaban y él daba rienda suelta al artista, al domador de sus propios fantasmas y quimeras.

Igualmente sucedía en las noches de antros de nombres pretenciosos: “Regine´s”, “Scott´s”, “Morocco Palace” y en el sin fin de cutres, falsos y carísimos cabarets anónimos, desheredados incluso de neón; la mayoría de ellos solapados burdeles donde los enflaquecidos cartones de vino peleón y las botellas de cervezas se amontonaban — “¡a ver quien tiene cojones de beber más!”— sobre las impúdicas mesas del gentío no practicante de las cinco preceptivas oraciones.

Allí, el hombre de alma herida ejercía la dualidad maldita de ser también un escritor incomprendido. Mucho antes que se publicasen le oí la versión etílica de estas palabras: “La palabra “éxito” me recuerda siempre a una sonrisa forzada y frívola o a un negocio lucrativo engañoso. No quiero hablar de éxitos, atentan contra mi ambición” “A quien está habitado por la eternidad no le importa la victoria, ¿Qué puede hacer Don quijote con su vida si pierde su locura?

Mohamed era un tío que mantenía el tipo, sí, era un estoico con su karma manchado por la desolación, un atlas fatigado; muchas veces le sospeché lágrimas secas como charcos agrietados; ojeras como ondas en la extensión de una poza de fondo insondable; lodazales creativos para su escritura; lagañas de dolor, de mucho dolor, de tanto dolor que para nada serviría si se pesase; esto hizo que le estimara casi como a un hermano.

Delicada Ave del paraíso a la que le tocó anidar en la cara oculta de la luna: en la incomprensión y en la soledad. Cuando es estigma, el llanto se torna aullido, dolor flameante al que Mohamed aplacaba las llamas con alcohol, solo o junto a las Vestales musas de sus noches y ensueños infinitos.

Y además: ¿Si en España, para los mejores, escribir todavía es llorar qué me dirán ustedes de ejercer como un Escritor de Raza a catorce kilómetros de ésta, en Marruecos, en nuestra hermana África, la fértil y bella, espacio mítico, en donde el surrealismo ya existía antes de que Bretón naciera? Lugar donde, de forma más acentuada, las composturas y deseos que el corazón en verdad siente y proclama hay que ocultarlos, cueste lo que nos cueste. En el mundo todo únicamente los iluminados se salvan de esta andrajosa carga; y muy pocos son —de los nombrados como artistas— los que consiguen rasgar el lienzo de esta normalizada esclavitud. Algunos teóricos de la dialéctica comparada ( recua de borricos acomodados a las bridas) opinan que al igual que las religiones no precisan de la espiritualidad, el Ser humano no necesita de las corazonadas. Sí, la Madre Tierra soporta crónica cefalea por las travesuras de sus tantos mozalbetes, tontuelos, ignorantes.

¿Qué sabe nadie de alguien? “Nuestras casas saben bien lo que somos” dijo el comúnmente admirado Juan Ramón Jiménez quien, por cierto, sabiamente salía poco de las suyas. Es verdad que a la persona y al escritor llamado Mohamed Chukri, le hubiese gustado haber podido salir y entrar más de su país — pero tanto tienes tanto nos vales parece que tienen grabado en bancos y expendedurías de visados — pero esto no fue inconveniente para hacer una más que interesante y singular obra literaria que le permitió darse algunos “voltios” por los geográficos extrarradios.

Que todavía existieran lectores europeos que a finales del siglo XX se escandalizara con la desnudez de su escritura no le importaba tanto — él sabía que el cinismo y el miedo es patrimonio universal— como el precio de venta de los libros y sus menguados derechos de autor recibidos. Recuerdo nuestras carcajadas de hipopótamos inmersos ante la fantasiosa ocurrencia suya de colocar cámaras secretas (a modo de webcam) en ciertas habitaciones, en la intimidad de los sepulcros blanqueados de ambos lados del Estrecho.

Siempre estaba con la gente desprotegida: “Si a los oídos de los príncipes llegase — decía él, remedando a Don Quijote— la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían”.

A veces antes de entrar yo al “Negresco” miraba tras los cristales o me asomaba a la escalerilla del piso superior por ver si él había llegado (solíamos quedar siempre sobre las doce, una o dos horas menos en España, dependiendo de las estaciones. Y allí estaba Mohamed, como si no se hubiese mudado de postura desde la última vez, como si sus largas horas de soliloquios no hubieran encontrado una pausa, como si la madrugada no hubiese otorgado ni tan siquiera una breve amnistía al mono saltarín de sus pesadillas.

No, no poseía más resuello que la avidez con la que narraba su vida y “pribaba”. —“Los ojos del búho están despiertos en los míos”, dijo alguna vez.

Y allí estaba, sí, su esqueleto menudo y surcado por los azogues de la vida y la vid; con su benemérito mostacho perdulario tostado por el tabaco y enlucido en sus bordes más terrenales por el nácar de la efervescencia espumosa de la “flojita” cerveza “flag”; con las dos finas bolladuras cicatrizadas, chifarradas profundas, vacías, en su frente y la ganzúa prominente de su nariz aguileña: ¡Oh, he aquí el implacable opinador de todo! Aunque he de confesar que tratándose de patrias chicas, él por rifeño y yo por andaluz (que en temperamento externo es casi lo mismo) quedábamos casi siempre en tablas: si para él su tierra era insoportable, yo a la mía le veía aún peor; con más defectos incluso de los que en mentira no poseía.

Ahora sé que todos aquellos denuestos fueron producto de la literatura y de la ignorancia espiritual pues ¿que hubiera sido de él sin su enigmática Tánger y de mi sin el ensueño de “mi” Málaga, de la poca altura intelectual de inciertos políticos, de la poca catadura moral de muchos poetas, de la almendra vana de la hipócrita amistad…? Sí, del hartazgo de mediocridad surge el despertar, la consonancia que da sentido a una vida. Lo bueno de las ciudades es su indolencia, su indefensión, su humildad salvaje; nunca se quejan. Y sin embargo debiéramos pisarla como besándola, jubilosos de existirla aunque la humareda de los vendedores de humo intenten nublar la esencial belleza de nuestra visión.

No, a él, a Mohamed Chukri, no le fastidiaba Tánger —“La grande” como le gustaba nombrarla en los subidones— sino muchos de sus mamarrachos, quienes desde posiciones elevadas la hacían para él irrespirable, al igual que podría ocurrir con… (Ponga aquí el lector el nombre del villorrio o ciudad de sus dolores). Nunca le oí quejarse de España, nunca. Él era generoso, no sólo en cervezas, y supo positivizar todas las experiencias, ahí están las palabras de sus libros.

No, no existe tonto mayor que quien se miente a sí mismo y no hay necio mayor que quien no abre puertas a un escritor verdadero. Oh Tánger — ¡intacta decadencia perfecta! —ya sin su más bella flor silvestre.

Pasaron los años y él seguía bebiendo y “rajando” y escribiendo cada vez mejor y con más sobriedad estilística que no etílica. Estábamos de acuerdo que de existir en su país, tal como ocurre en España, cofradías nazarenas, peñas taurinas y futboleras no le hubiese echo falta tampoco ser un buen escritor traducido a hasta la saciedad— incluso al hebreo—, le hubiera bastado con mearse en la creación y seguir la tradición de la cancioncilla popular y ser un buen relaciones públicas. Y una vez en el redil le hubiesen echado una mano con la corruptela de los premios. ¡Pero tampoco! pues carecía de tolerancia a estos compuestos químicos humanos, cualidad indispensable del bufón perfecto. Asequible siempre, nunca se consideró un mediocre. Siempre denostó del chalaneo de los casposos galardones literarios; nunca comprendió que en España (a él le gustaba hablar en español y de España) “un país, por historia y tradición, del primer mundo” se le diera tanta importancia, como en los países subdesarrollados, a la peor de todas las corrupciones: la intelectual. Cuando se ponía bilateral, yo, a modo de llamada de atención bromista le regañaba patrióticamente ruborizado con un grave carraspeo. No llegaba a comprender — cosa que nos sucede a muchos— el infantilismo de tantos adultos. Coincidíamos en que el tramposo ladino sólo se engaña así mismo y que es un pobre ser con un ego enfermizo, una pobre criaturas embriagada de sí, Caín que incluso el tiempo olvidará por muchas placas y distinciones convenidas: “Estos profesionales del trapicheo literario son unos engañabobos ¿a qué altura moral se creen?”

Por claro, se le tildaba de duro. Y gracias a la ayuda de quien él menos se esperaba, el joven rey de Marruecos —“El ser humano en el otoño de la vida o es sabio o es loco, o recoge o es recogido”— encontró al final de sus días la atención del “buen samaritano” en un hospital militar de Rabat. Auxilio último que ni lectores —un simple lector sólo es eso, un lector simple — ni “amigos” — la amistad es un ave que vuela alto— ni agentes literarios ni artísticos — sanguijuelas del arte — ni crítica literaria — prostitución en nómina— ni la inculta gente bien — esnobistas acomplejados—fueron capaces de darle.

Atrás quedaron nuestras largas charlas sobre la vida, sobre el amor y sus olvidos, sobre la Amistad y la Literatura, sobre las excentricidades de Jean Genet o Paul Bowles…sobre el gozo de la poesía, el pasional laberinto de las relaciones hispano marroquíes y nuestros paseos por el “Boulevar Paster”, la “Avenue d´Espagne”, o la “Rue de la Liberté”.

—“Estoy haciéndome mayor Mohamed, le dije. — ¡Si todavía eres un chiquillo! ¿Por qué dices eso? Respondió él. —Por el número de tumbas que visito cada vez que paseo por mi memoria”.

Ignoraba yo que algún día escribiría aquél insulso dialogo ebrio frente a las columnas de Hércules. Sí, querido Mohamed, cada competición tiene su servidumbre. Somos nuestro propio destino y nuestros sueños son, a la vez, destino y camino. Estoy seguro que cada atardecer —allá donde te encuentres— brindarás satisfecho por los notables cambios que se suceden en tu país. Sí, día a día, de pea en pea con tus ángeles custodios.

Descansa en paz amigo, que las bendiciones de tus aliados verdaderos y las del “Marqués de Riscal” sean contigo. Saha Joya.

DESDE EL ZOCO DONDE VEÍA PASAR LA VIDA

FERNANDO DE ÁGREDA BURILLO
Fuente: ABC.es/16-11-2003
Profesor del Departamento de Estudios Árabes en la Facultad de Filologíade la Universidad Complutense


MOHAMED CHUKRI

Mohamed Chukri ha sido un autor especial dentro de la literatura marroquí contemporanea, porque no está en una línea clásica, sino vanguardista, fuera de todo encasillamiento. Originario del Rif, se trasladó con su familia a Tánger. Analfabeto, fue autodidacta y empezó a leer y a escribir a partir de los veinte años. Se consagró a la enseñanza y tuvo mucha relación con los escritores americanos que vivían en Tánger, como Paul Bowles, que le abrió las puertas del mundo literario en inglés. Su obra emblemática y fundamental es «El pan desnudo», en donde confiesa las peripecias durísimas de su infancia. Le siguió «Tiempo de errores», traducida por Malika Embarek al español. Es una glosa de los cafetines y de la gente que vive en el ambiente callejero. Es el relato de su experiencia de salir de una vida condenada a la marginación por la miseria.

Censurado en su país por su estilo duro y autobiográfico, volvió a ser publicado en Marruecos. Chukri hablaba español con bastante fluidez, un español, digamos, «de la calle». Tuve la fortuna de conocerle en Tánger en 1975. Mohamed Chukri nos deja el estilo vivo de su experiencia y de su vida, de sus problemas con su padre, de la sociedad, del hambre que padeció, de la falta de medios y de la pobreza en Tetuán y Tánger. Ahí tenía su ambiente que le animaba a escribir: una cafetería en el Zoco Chico donde veía pasar la vida.


End of Story

By: Anouar Majid / WAFIN / MOROCCAN CONNECTIONS IN AMERICA

I have just learned about the death of my favorite Moroccan writer at the age of 63. Endowed with a fierce, subversive spirit, raised in the halls of misery and shame, Mohamed Choukri, author of For Bread Alone (al-khubz al-hafi) and Streetwise (zamanu al-akhta’), among other writings, was one of the most remarkable figures to have graced the world of Arabic literature in the last few decades, at least since the publication of For Bread Alone in English, then in French (translated by Tahar ben Jelloun), and only recently in the original Arabic. It took almost three decades for the Moroccan censors to lift the ban on the book.


MOHAMED CHOUKRI

The first installment of his autobiography, For Bread Alone, covering his early years, was also banned from the American University in Cairo and caused a furor in international literary circles. Egyptian censors, like the Moroccans ones before them, found it un-Islamic and offensive to public morals. And why would that be? Choukri was born into a hard life with a brutal, abusive father who killed his younger brother, grew illiterate while haunting the streets of Tetouan, Tangier, and Oran in Algeria, before eventually learning to read and write after the age of 20, then becoming a school teacher, a repetiteur in my junior high in Tangier, and finally a full-time writer when his fame spread to the four corners of the world. (al-khubz al-hafi has been translated into 39 languages).

Choukri’s sin was to talk about his experiences in the streets, his drinking and smoking a lot of kif, his carousing with prostitutes, his hanging around with other low lives, sleeping in cemeteries, doing time in a psychiatric hospital (marstan), and many other details that people found objectionable. I remember a conversation I once had with a well-educated Moroccan official about him. After I praised Choukri’s literary courage for saying it as it is, the official told me that the writer was insane. “Who cares about literary courage?" Old timers from Tangier used to put the writer down by telling everyone how he used to shine their shoes and run errands for them. I just couldn’t believe the level of such arrogance. Some eventually turned around to see him as he was: a self-made man who overcame the odds to share his story and heal his wounds though writing, but others still saw him as a pathetic, drunk writer.

He liked literary rebels and was impressed by the likes of Jean Genet. His knowledge of both Arabic and Spanish literature was extensive. He never married and spent most of his days in Bar Negresco near the center of town in Tangier. One could always see him walking down the main boulevard with his al-Hayat newspaper, smoking his cigarettes, and looking quite engrossed in his thoughts. People who sought him out for interviews could always find him in his hang out.

Many people are shocked by Choukri’s graphic depictions, but history will vindicate him as the most far-seeing writer of his generation. He made his life an open book and held it as a mirror to our own demons. Those who like to preach will always preach; but those who know that human life is messy and full of “sound and fury” will miss Choukri’s courage and defiant spirit. He was who he was--a tough but gentle and creative spirit who was dealt a bad hand--and God in His infinite wisdom allowed him to tell his tale before he succumbed to cancer. I am sure he struggled till the end in Rabat's military hospital, where his expenses were covered by the king himself. His Majesty knows that in Choukri Morocco has a treasure of incalculable value.

May he find the peace that eluded him in life.


Mohamed Choukri, une légende épique

29/6/2007 - Miloudi Belmir - Copyright © 2007 Libération

Choukri est l'un des plus grands écrivains de l'âme contemporaine. Dans son oeuvre variée des images et pleine de charme, il décrit non la tristesse déprimante des renoncements mais l'ardeur des batailles pour la vérité.


ROMAN DE MAHAMED CHOUKRI, LE PAIN NU

N'oublions pas "Le Pain nu", une épopée que des critiques ont pu prendre pour un chef-d'oeuvre, cet écrivain turbulent a suscité par sa plume les diatribes mordantes. Quand on cherchera dans les siècles à venir à satisfaire une curiosité qui caractérise notre époque, on consultera cet écrivain éperdu. Choukri a montré le dévergondage, l'arrivisme, la luxure, l'appétit de jouissance de son temps et a clarifié dans ses oeuvres sans pareilles "Le Pain nu, Le Temps des erreurs, La Tente, Le Visage etc", un genre neuf et saillant, ordonné d'une morale artistique et plein de philosophie, de paradoxe délicieux.

Un jour, le hasard met Choukri en présence de son idole Paul Bowles, un écrivain dans l'air du temps. Bowles l'a aidé à se construire et lui a appris que tout écrivain, quelle que soit la critique qu'il exprime vis-à-vis de sa propre société, reste influencé par ses conditions de vie, son milieu, sa culture, et depuis, Choukri s'est servi de lui comme un projecteur pour éclairer certaines choses. Choukri a débuté avec un succès fou, il a compris son ridicule à vingt ans. "Le Pain nu" marque cette période de cauchemars et c'est pourquoi il le donne comme préface à tout ce qu'il écrira dans l'avenir. Depuis ce roman, il cherche sa route et la cherchera jusqu'à sa mort. Il a fait ce roman parce qu'il ne supporte pas les esthétiques et les éthiques dans le vide.

Comme tout écrivain, choukri écrit à partir de la connaissance qu'il a du réel, que cela relève de l'expérience ou de l'observation. Dans son roman publié sous ce titre "Le Pain nu" qui a obtenu un si grand succès, il introduit la grâce, non par goût de sacrilège, mais parce que sa vision du monde est ainsi et parce qu'il croit que la destinée de chacun de nous se ramène à cette lutte, à ces débats entre la chair et le plaisir. On trouve toujours à cette oeuvre, malgré toutes les réserves qu'on peut faire sur son style, tant de conscience, tant de vérité, qu'on croit, qu'on la relira longtemps encore. Cette oeuvre est considérable par les découvertes, par la puissance de la narration et de la pénétration.


MOHAMED CHOUKRI

Tanger, c'est son refuge, parce qu'il y a vécu, parce qu'il parle et écrit son langage. C'est dans cette ville où se passent ses histoires, ses aventures. Choukri admire en elle la cohésion pathétique de presque chasteté d'âme. Choukri et Tanger n'étaient qu'un duo unifié. Dans cette ville, il est vagabond, il aime ses nuits splendides, ses bars, ses casinos, sa plage de sable, sa vie solitaire, ses coquettes maisons, ses fêtes païennes, ses femmes qui aiment comme dans des romans romantiques. Pour lui, Tanger est le plus beau roman depuis des années. Chaque quartier lui donne l'impression d'une langue nouvelle, et les Tangérois, sont sensibles au temps; par mauvais temps, ils sont moroses, par beau temps, ils sont allègres.
Choukri a eu une enfance errante et il est possédé par le démon de l'aventure. Il a vécu pas mal d'années dans l'étrangeté, la beuverie et le goût du malheur, il aime la netteté du détail, le flou, l'extravagant.

Car, d'après lui, l'ordre et le désordre se commandent et le point où ils se rejoignent lui est le plus cher. Cet écrivain maudit nous a toujours paru être le plus beau, le plus grand parce qu'il a créé un monde romanesque, riche, profond, exceptionnel. Choukri nous pousse à aimer la racaille, à la mettre à nu. Dans ses oeuvres, Choukri crée le sujet et son décor, deux choses le rendent très fier : l'essai et la confession, l'écrivain ici nous apparaîtra si prévenant.

Malgré les dires des critiques, Choukri apprend la responsabilité qui est la plus grande garantie de dignité. Pour lui, ce n'est point la vocation d'écrire qui est nécessaire, c'est la conscience de l'écrivain, les moeurs littéraires qui exhortent les écrivains à avoir quelques idées pour ennuyer. Choukri utilise la forme du roman; mais il est vrai qu'il coule dans cette forme beaucoup de confessions. Et que ses romans sont remplis de choses autobiographiques. Il croit que la littérature vise le moi, prend toujours le "moi" pour sujet, franchement et directement la vie errante et insouciante de Choukri, l'a mis en rapport avec une multitude de types qui défilent dans son oeuvre si variée. Il est réaliste et un écrivain dont l'oeuvre est un hymne à la vie.

Choukri est l'un des écrivains qui se réjouissent en toute bonne foi de querelles littéraires. Il a assisté à ces querelles sans vouloir convaincre les adversaires, il a toujours gagné à ces querelles une certaine indépendance et une distinction de langage. Il pense toujours que ces chamailleurs, ces hargneux contradictoires, qu'on les aime ou qu'on les déteste, ne peuvent rétrécir ou élargir les limites de notre modèle de vie, ce modèle qui nous fait connaître de grandes joies, de profondes douleurs.

Choukri a conceptualisé face à son existence, une vue en partie double ; l'inévitable de l'écrivain errant qui veut produire envers et contre tous, ne pas devenir un raté. Ermite le jour, dévergondé la nuit, l'humour de Choukri paraît dangereux, parce qu'il s'insinue dans les choses sérieuses. Par l'humour, il voulait juger et condamner les ridicules en les comparant à la vérité admise. Pour lui, l'humour n'a donc rien qui puisse plaire à ceux qui se vautrent orgueilleusement et s'enferment dans leurs certitudes. En lisant Choukri, nous hochons la tête avec satisfaction et nous sentons qu'il ne souhaite pas autre chose que de voir appliquer à son oeuvre ce même profil. Choukri a toujours été l'homme qui a besoin de s'évader.

Personne n'a dû éprouver ce sentiment aussi fortement que ses amis intimes, ses admirateurs. Il y a quelque chose chez Choukri qui le blesse, un certain côté malsain dans sa conscience ; il ne sait d'ailleurs pas d'autres vérités que d'être profondément d'accord avec lui-même. Il ne peut supporter un homme qui devient fou. Il est un esprit tourmenté, il a vécu dans un tapage si absolu qu'il doute même d'avoir une voix. En fait, sa vie a plusieurs fois été plongée dans l'errance ; mais il a l'âme la plus inaccessible à ces flux et reflux, à ces orages, à toutes les sautes d'humeur.

On a lu avec passion ses ouvrages; chaque fois qu'on songe à lui, on évoque tout d'abord le fils de l'errance. Choukri est cette sensibilité et cette sincérité qui font de lui un roman immortel. Son oeuvre sera toujours lue et étudiée parce qu'elle constitue un véritable chapitre de notre époque de sorte que les historiens littéraires et les chercheurs de l'avenir lui consacreront des thèses. C'est par des écrivains comme Choukri, que les littérateurs se renouvellent. Enfin, il a inventé un nouvel outil d'expression pour prendre de nouveaux aspects des choses.

Pour nous, Choukri n'est pas un écrivain qui disparaît, c'est une flamme qui s'éteint, une source d'idées, de rêves, de folie et d'enthousiasme qui se tarit. Il a écrit et il y a plus de coeur dans ses tapages, il a toujours considéré la mort comme une chose très simple, l'affaire d'une seconde. Dans sa tombe, il a fini sa vie dans le calme, dans le silence et la paix. Parce qu'il est mort jeune, rien n'a vieilli, en lui, dans son âme, rien ne s'était desséché, tout en lui était actif, la mort elle-même n'aura pas réussi à le mater.

 

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