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TÁNGER EN LA MEMORIA

Domingo del Pino. Fuente: afkar Ideas. 2006


Truman Capote Foto de Cecil Beaton Tanger 1949 cortesia da Sotheby's London

Mil y un mitos y una utopia para la convivencia.

En la introducción de su opúsculo “La frontera sur de Al Andalus” publicado en 2002 Rodolfo Gil Grimau afirma que no le parece disparatado decir que Al Andalus sigue existiendo. Precisa a continuación que no como entidad político religiosa que fue, “sino como una espléndida y singular muestra de continuidad en la añoranza y en el mundo de los imaginarios que recrea formas e informa pensamientos y actitudes”. La afirmación puede parecer exagerada a simple vista, pero una contemplación más detallada de las utopías de nuevo flotantes obliga a considerar con mayor humildad a los muchos mitos que resucitan. Uno de ello es el de Tánger.
Hasta tiempos muy recientes, Tánger constituyó la idea más lograda, permanentemente aggiornada, reconstruida en los siglos XIX y parte del XX, de lo que las utopías proponen que fue aquella Córdoba califal tan mitificada de la convivencia tricultural. Tetuán, Larache, Alcazarquivir, Salé e incluso Fez, también formaron parte de ese mundo triangular pero ninguna logró alcanzar la categoría de mito. En parte, tal vez, porque ninguna de ellas fue ciudad internacional.
Una primera precisión se impone no obstante. En Tánger convivieron las tres culturas porque comunidades numerosas de las tres estaban presentes en proporciones humanas muy similares, pero lo que allí se reconstruyó en el siglo XX fue el mito hispano-sefardí. Por qué sólo él, merecería un análisis que no cabe en este artículo, pero puede que tenga que ver con el idioma y las afinidades intuitivas entre españoles y sefardíes. Los judíos de Tánger, salvo pequeños grupos que llegaron en tiempos recientes huidos de las persecuciones europeas del siglo XX, eran todos sefardíes, es decir españoles, y conservaban no solo la cultura, sino el hablar medieval que los españoles ya habíamos olvidado.
Si solo Tánger parece interesar a los contemporáneos para la construcción de nuevas utopías de la convivencia, para la recreación onírica y mítica de esperanzas, se debe a la historia excepcional de la ciudad y de sus gentes. Tánger figuró en la historia de al Andalus como la gran puerta de hojas batientes que se abren, o se cierran, desde los dos lados. El Mediterráneo se confirma allí como la zona del mundo en que sus pueblos han invertido más en lo sagrado y aquella en que los profetas tuvieron la posibilidad de hablar con sus dioses y de ser aconsejados y orientados por ellos.
En los últimos cincuenta años, sin embargo, Tánger nos ha sido contada e interpretada por escritores norteamericanos que en su inmensa mayoría pasaron por ella fugazmente, el tiempo de un verano o de una aventura personal. No hay nada de extraño en ello. La historia la modelan quienes la cuentan y los hechos concretos pierden valor para los novelistas en beneficio de las percepciones. Escritores, pintores y artistas -y en tiempos modernos los medios de comunicación- son capaces de proponer los hechos que la posteridad conocerá y las historias que recordará.
Sólo una gran novela, La Vida Perra de Juanita Narboni, del escritor tangerino ya fallecido Antonio Vázquez, devuelve a Tánger a ese universo hispano-sefardí en el que en realidad se desenvolvió la mayor parte de su historia. A través de la metáfora de Juanita Narboni, Vázquez rescata a Tánger del corte epistemológico que habían impreso los escritores de la “beat generation” a la verdadera historia.

Tánger ciudad internacional.
Además de andaluza, hispano-sefardí, bereber, Tánger fue siempre una ciudad internacional. No solo cuando las potencias europeas le concedieron oficialmente ese estatuto en la primera mitad del siglo XX, sino a todo lo largo de su devenir.
Si en los años cuarenta y cincuenta la algarabía literaria norteamericana puso de actualidad a Tánger para olvidarla después de la independencia de Marruecos de 1956, gracias a Internet numerosos tangerinos, marroquíes, españoles y sefardíes, la desempolvan de nuevo esta vez desde una recreación auténticamente tricultural.
Los hechos banales, recuerdos compartidos, memoria de olores y expresiones desaparecidas, fotografías olvidadas, luces y colores, comidas añoradas, casas natales perdidas, calles recordadas, vivencias conservadas, circulan por la red y comienzan a componer un sueño virtual que puede llegar a ser más real que la Tánger que hoy existe.
La memoria colectiva surge de esas servidumbres y tiene, como todo lo inmaterial, la limitación de loinasible.
Sea lo que fuere, Juanita Narboni constituye, como el Tánger virtual que empieza a vivir en la red, la reintegración casi poética en la memoria colectiva española de aquellos sefardíes de al Andalus. Hoy más que olvidado hemos asesinado las palabras, la música de las frases, la expresividad de los gestos, la manera de vestir, de comer, de celebrar las fiestas, de aquella cultura andaluza que forma parte destacada de una civilización más amplia mediterránea hoy desgarrada por las intransigencias político-religiosas y los terrorismos.
Algunos tangerinos de indiscutible autoridad en la materia, como Emilio Sanz de Soto, sostienen que Tánger puede ser contada de mil maneras; que su historia es el resultado de mil historias paralelas. Pero por encima o por debajo, o como hilo conductor del relato, Tánger fue y en cierta medida es, una ciudad andaluza en el sentido en que Rodolfo Gil emplea la palabra en la cita aludida al inicio de este artículo.
Basta recurrir a las hemerotecas para comprobar que en Tánger, hace solo cincuenta años, los periódicos felicitaban a sus lectores por el Aid el Kebir, el Purim, o la Ascensión; por el Achur, el Pessah, o el día de San José; por el Mulud, el Kippur, o la Navidad. Recordaban el día del calendario cristiano, del judío y del musulmán; anunciaban los horarios de los cultos en las iglesias, daban cuenta de las actividades de las sinagogas, y los almuédanos, al recordar a grito pelado y desde los alminares la grandeza de Dios -allah ua akhbar- creencia compartida por todos, anunciaban a los musulmanes los horarios de sus oraciones.
El viejo cañón de la alcazaba marcaba cada día durante el mes de Ramadán la llegada del iftar, y a nadie extrañó nunca la diversidad de rituales - hasta bien entrado el siglo XX muchos de ellos escenificados en la vía pública- para los tefelines o la circuncisión, las cruces de mayo, o las bodas judías, cristianas o musulmanas.
Qué ha ocurrido después para que hoy se tenga que recurrir a la ONU, a incluir en nómina a sabios y doctores, a jeques, rabinos, y obispos, a especialistas y personalidades solemnes y serias, a gente lejana entre sí, para empezar a pensar qué es y cómo se logra una alianza de civilizaciones que está en estos hechos cotidianos y banales, es un misterio más que gozoso costoso que algún día se nos desvelará por sí solo.
En los Marianistas de Tánger, unas escuelas construidas a principios del siglo XX por una donación del Marqués de Comillas, donde estudiaban cristianos, judíos y musulmanes, la consigna de la dirección del centro era “la política y la religión se quedan en la puerta del colegio. Aquí solo se viene a estudiar y a aprender”. En realidad era una recomendación destinada más a los españoles, con sus eternas querellas y divisiones políticas, que a los alumnos de las otras comunidades.
En Tánger no solo habían vivido en paz -en lo que en términos históricos se puede entender por vivir en paz- las distintas confesiones religiosas, sino las diferentes nacionalidades y los diversos credos políticos. Solo los españoles parecíamos tener desde tiempos remotos -tal vez desde al Andalus- dos ideas diferentes sobre casi todo lo que se propusiera a discusión.
Afortunadamente la Administración de Tánger correspondía a los representantes de los trece países firmantes del Acta de Algeciras de 1906 y un gobierno tan amplio no puede gobernar si no es dejando una amplia libertad a sus gobernados, pero al mismo tiempo impidiendo que sus diferencias se transformen en enfrentamientos sangrientos. Ninguna comunidad por separado podía, pues comportarse como quizá lo hubiera hecho en su propio país.

La posguerra.
La guerra civil española a partir de1936 abrió un paréntesis en la convivencia de la comunidad española de Tánger y la ocupación de Tánger en 1940 hizo temblar a muchos con la posibilidad de que la crueldad de la posguerra española se extendiese a una ciudad que más bien que mal había logrado evitar los horrores de la contienda civil española y posteriormente de la guerra europea.
Tánger escapó al desastre aunque no sin que en el vocabulario de los españoles tangerinos aparecieronvocablos y expresiones hasta entonces desconocidos como “autoridades, competentes, jerarquías, superioridad, mandos, jefaturas, camaradas, nacional, sindicalismo, gritos, reglamentarios, flechas y pelayos, falanges, etc”.
Pero no es posible galvanizar a una población mayoritariamente ajena con desfiles en la de las Mehallas o de la Legión, y más difícil aún era transmitir la trascendencia y la solemnidad con que se querían presentar conceptos como iglesia, religión, patria, bandera, a una población que respetaba a media docena de religiones, que saludaba como mínimo a las trece banderas de los países responsables de una Administración que, para garantizar la convivencia de todos, no tenía más remedio que ser democrática, plural, libre y abierta.
Las intolerancias morales de la posguerra también fueron sorteadas porque en una ciudad donde se podían ver las películas de Brigitte Bardot sin cortes, o el cine de Bergman sin censura, era imposible obligar a los españoles a optar entre Blanca Nieves y los Siete Enanitos, Raza, o el NoDo. Los libros se vendían sin censuras de ningún tipo así es que pudiendo leer a Sastre y Camus, Blasco Ibáñez y Arturo Barea, las ediciones de exaltación patriótica de la posguerra tenían poca demanda. En materia de costumbres morales y sexuales, en una ciudad donde existía una casa de citas tan prestigiosa como El Gato Negro que ofrecía los servicios de sus chicas a crédito a sus parroquianos, el Whisky a Gogo y Le Trou Dans le Mur, las diatribas moralistas del padre López o el padre Patrocinio atraían a pocos fieles.
Demasiado tarde tal vez la República española comprendió que la rebelión militar que había comenzado el 12 de julio en Marruecos debería ser combatida y atajada allí mismo. Los archivos de la CNT conservados en Amsterdam incluyen documentos interesantes sobre dos intentos de sublevar a los marroquíes contra el Ejército africano de España. Un documento que se titula Antecedentes y posibilidades para una subversión en el Marruecos Español los menciona.
El primer intento tuvo lugar durante el gobierno de Largo Caballero, y fue encomendado al periodista Carlos de Baraibar, enviado a Tánger con el oficial del Correo español Rafael Jiménez Cazorla, José Martínez Sancho y Antonio Monleón de la Lluvia, cónsul de España en Casablanca. De acuerdo con el documento recibieron cinco millones de francos “para comenzar sus trabajos con los indígenas” pero el miso escrito critica a Baraibar por su ldquo;falta de habilidad conspirativa.
El segundo plan fue decidido por el gobierno que sucedió al de Largo Caballero y encomendado a un agente de Información del Estado Mayor del Ejército de Tierra republicano cuyo nombre no menciona. Según otro documento, los intentos contaban con el apoyo de Francia, que solo había puesto como condición que no se hiciera propaganda nacionalista ni antifrancesa.
Las dos condiciones bastaban para que fracasaran los proyectos republicanos porque la única exigencia de importancia que pusieron los nacionalistas marroquíes para cooperar era que el Gobierno de la República hiciese una declaración pública comprometiéndose a conceder una autonomía amplia a Marruecos caso de que triunfase la República. Por las razones que fuere el gobierno de la República no aceptó la petición y la operación fracasó.

Un toque de improvisación.
En cierta medida sorprende cómo el gobierno y los partidos republicanos pudieron actuar con tanta improvisación. Algunos tangerinos recuerdan que un telegrafista anarquista del Correo español de Tánger, llamado Paulino, secundó el intento y que varios telegrafistas anarquistas españoles fueron detenidos en las cábilas próximas a Tánger entregando dinero para que se sublevasen. Otro documento fechado el 8 marzo 1938 habla de un plan para ocupar el litoral atlántico de la zona española que serviría de base para lanzar ldquo;un amplio plan de agitación y ocupación de toda la zona del Protectorado.
Probablemente a sugerencias de los anarquistas de Tánger el documento afirma que en esa ciudad; se pueden reclutar dos mil hombresrdquo; aunque reconoce que la embarcación con que cuentan para trasladarles por mar a un bosque cercano a Cuesta Colorada, no tiene capacidad para transportar a más de sesenta.
Algunas anécdotas del “renacer” tangerino de 1938 son dignas de recordar. Una señorita ganó un concurso de redacción, organizado con motivo de la visita a Tánger de Pilar Primo de Rivera, con un trabajo en el que confesaba que la mayor ambición de su vida era llegar a ser como doña Pilar. La conversión más llamativa fue la de la Duquesa de Guisa, heredera del trono de Francia, que apareció fotografiada en los periódicos de la época con su camisa azul el día que le impusieron el yugo y las flechas de plata. Un antiguo empleado de banco tangerino sostiene que en 1936 el Ejército, ya rebelado contra la República, quiso llevarse el oro y los valores depositados en el Banco de España de Tánger. Para ello, según cuenta, agentes llegados de Tetuán se pusieron de acuerdo con un empleado del banco adicto, simularon su fallecimiento, se apoderaron del oro, lo metieron en el féretro en vez del supuesto fallecido, y lo llevaron a Tetuán como si fuera un entierro.
Tal vez por la espectacularidad de las conversiones a Falange la revista Mauritania de 30 de octubre de 1938 señalaba que “De nada sirve una camisa azul si no se alberga un corazón leal y amante de la patria, ni una boina roja que toque una cabeza si en ella se encierran bastardeces y reservas”.
Pero la división histórica de los españoles casi a partes iguales sobre casi todo es mucho más antigua que la guerra civil. En Tánger aparece cuando crece la inmigración económica española desde finales del siglo XIX. El malagueño Alberto Paños, más conocido por su nombre literario de Alberto España, ha dejado constancia en sus varios libros sobre la ciudad no solo de esa convivencia íntima entre comunidades, sefardí y española principalmente, sino de la antiguuml;edad de las diferencias entre españoles.
En “Una vida en Tánger. Confesiones de Alberto España” describe de manera magistral no solo cómo la ciudad va saliendo de un Zoco Chico en manos de anarquistas y radicales y extendiéndose hacia el Bulevar. La nueva ciudad se construye, sobre los terrenos arenosos que otro andaluz, Frasquito el Sevillano, había adquirido en el siglo XIX y en donde durante años solo hubo el ldquo;huerto del Señor Frasquitordquo;. Relata también como los españoles se dividían por los barrios en donde vivían, por los periódicos que leían, e incluso por los cafés que frecuentaban. La prensa contribuyó enormemente a forjar los dos bandos en este caso de lectores. Los adictos al nuevo régimen leían Presente, fundado en 1937, y los republicanos Porvenir y Democracia.
Uno de los españoles más conocidos en su tiempo fue el anarquista gaditano Fermín Salvochea. Llegó a tener una calle en Tánger que después de la independencia de Marruecos fue rebautizada Calle de Los Romanos. Alberto España le describe como “una mezcla de anarquista y franciscano”. Un sastre judío originario de Lwow, escapado de las persecuciones nazis, aleccionaba a los comunistas españoles que tenían como punto de reunión un bar de la Calle Fez.
En los primeros años del siglo XX el Zoco Chico era el centro vital de Tánger. Dos cafés situados allí, el Café Fuentes y el Café Central, situados frente a frente y a pocos metros el uno del otro, de clientela progresista y republicana el primero, y conservadora el segundo, vieron en esos primeros años del siglo volar con frecuencia las botellas de uno a otro, y a sus parroquianos intercambiar silletazos e improperios entre ellos por un “quítame allá esas pajas”.
Pero la obra de España en Tánger no puede ser ignorada y lo cierto es que España antes de la República, durante la República y después de la República, contribuyó enormemente a la modernización de Tánger. Tanto al principio del siglo XX como durante la misma ocupación española de la ciudad a partir de 1940. Las primeras misiones franciscanas para el rescate de cautivos cristianos allí instaladas datan del siglo XIII. La primera sanidad, el primer alumbrado eléctrico, el primer teléfono, se deben a la acción de empresas españolas. La mayor parte de los edificios del Tánger moderno, el que allá por los años treinta se escapó del Zoco Chico, es obra en buena parte de arquitectos e ingenieros españoles. Como el Estadio del Marshán, la Urbanización California o muchas de las casas residenciales de El Monte.
Hoy todo es ya historia pero los sueños no permiten que aquel Tánger muera. Si es posible realizarlos, vale la pena intentarlo.

 

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