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La frontera.
28-05-2009 / Ricardo Forster/ElArgentino.com/Tangerexpress.

Ricardo Forster
La frontera La frontera está allí, amurallada, de un lado el azul del Mediterráneo, del otro los ocres y verdes de los valles montañosos del norte marroquí. Una multitud variopinta de seres humanos va en una y otra dirección, llevando sus pertenencias y sus sueños, sus pesares y sus deseos; unos en dirección a los agentes aduaneros de los que depende su futuro, el de sus hijos, su huida de la pobreza; agentes aduaneros vestidos de verde, serios, duros, intratables que revisan con interminable puntillosidad los papeles de los nuevos inmigrantes o que confirman el de aquellos que regresan a España después de haber ido a visitar a sus familias a la tierra de sus ancestros. Del otro lado, la policía marroquí que se afana en cumplir con su trabajo y que le hace notar al extranjero que desea visitar el país que entrar en Marruecos es menos arduo y difícil que hacerlo a España, una nación que parece haber olvidado que hasta no hace mucho tiempo desperdigó a millones de sus hijos más pobres por el ancho mundo. Finalmente el sello con el visado abre las puertas de una tierra espléndida, de un territorio cargado de lugares y nombres prodigiosos, de fantasía: Tetuán, Tánger, Marrakesh, Casablanca, Fez... las inacabables dunas del Sahara, las callejuelas laberínticas de las fabulosas medinas, las aldeas blanquísimas colgadas de las montañas del Rif, los misteriosos bereberes. Un tiempo antiguo, como un aire venido de otra geografía, asalta a quien se deja cautivar por ese mundo completamente distinto al que se acaba de dejar.
La frontera es el otro rostro de la globalización, su alter ego, la verdad de sus promesas, el punto exacto en el que pasan las mercancías y los flujos de dinero y se quedan las personas. La frontera es una línea en la que la pobreza y la oscuridad de la piel constituyen el límite, la marca de la sospecha. Aquello que la ideología del libre mercado propaga a través de todo el planeta, aquello que habla de la libertad, de la apertura de fronteras, de la libre circulación de productos, se cierra brutalmente sobre el cuerpo del extranjero, del inmigrante ilegal, del desesperado que intenta huir de la miseria y va en pos de una promesa que encuentra su paredón en esos muros que cierran el paso, en esas alambradas de púas que recuerdan otro tiempo europeo y que destacan el otro rostro de la civilización que se autocomplace en su herencia ilustrada y democrática.
En la frontera se desnudan las promesas, se muestran en su dura dimensión las limitaciones que el mundo rico les impone a los habitantes de esas otras regiones del planeta arrojadas a la intemperie y a la desesperanza. Tal vez, en Ceuta y Melilla, las fronteras de Europa con África, se manifiesten con toda su crudeza las distancias infinitas que separan a ambos mundos. El sur de España, la tierra andaluza, Almería, otrora desdeñada y pobre, suelo de sangres mezcladas que todavía lleva en su cuerpo las marcas de moros y judíos, parece haberse olvidado de su pasado, de los andaluces de Jaén cantados por Paco Ibáñez en los tiempos del franquismo, de sus dolores y pesares, para asumir su nuevo rol de ricos recién llegados, de portadores de un prejuicio demasiado reciente y que casi no puede ocultar el origen común de patrones y trabajadores. Cuanto más alto el muro, cuanto más cortantes las alambradas, cuanta más vigilancia por mar y tierra, más evidente la brutalidad de la escisión, el borramiento del origen común, la altanería del nuevo rico.
Europa termina en Ceuta y Melilla, una cruda verdad que surgió sin represión alguna de aquel empleado de una agencia de turismo que me previno de aventurarme por mi cuenta en territorio marroquí diciéndome que del otro lado de la frontera comenzaba el tercer mundo, es decir, que una vez traspasado el límite todo podía sucederme porque estaría entrando, sin protección, a un país peligroso. De poco sirvió que le contestase que yo también venía de un país tercermundista y que los prejuicios y las violencias habitaban de los dos lados de la frontera. Aquel español que, según sus propias palabras, hacía más de diez años que no se “aventuraba” del otro lado de la frontera, negó ser prejuicioso, apenas si quería advertirme, cuidarme de los infinitos riesgos que existían del otro lado. En ese discurso se guardaba, también, el núcleo de la intolerancia, del rechazo, de la negación.
Por supuesto que crucé la frontera y me dejé llevar por el deseo de conocer aquellas tierras cargadas de leyendas e historia, surcadas por imágenes de una belleza relampagueante y, claro está, no me sucedió nada, apenas la nota colorida de la astucia de algún guía que me llevó por las laberínticas callejuelas de la Medina de Tetuán o de aquel otro que con una asombrosa espontaneidad logró conducirme hacia la tienda de su pariente en Tánger. Lo demás fue saborear los aromas del mercado, extasiarme con la antigüedad de sus casas entramadas las unas sobre las otras, detenerme a tomar un té de yerbabuena y observar, hasta el hartazgo, los mil rostros de hombres y mujeres, persiguiendo ojos velados y desvelados, siluetas desvanecidas detrás de pequeñas puertas. Pensaba, para mí, en lo que se perdía aquel empleado de agencia, en su pequeñez prejuiciosa.
La frontera es también una oportunidad, aquella que nace de abrirse al reconocimiento, de dejarse cautivar por lo que hay del otro lado; pero es también una marca de violencia, el recuerdo persistente de una diferencia infranqueable, el límite puesto a aquel que desea recibir algo de lo que sobra a manos llenas de ese otro lado en el que las palabras de tolerancia y fraternidad se han convertido en símbolos de la hipocresía y la impudicia. La frontera nos recuerda, siempre, que la injusticia persiste pero a su vez nos susurra que aquel que no se atreve a franquearla se está perdiendo lo mejor de la vida. En Europa se levantan muros cada vez más altos, en Ceuta y Melilla, últimos baluartes de la civilización, esos muros y alambradas señalan los límites de las promesas portadas por esa misma civilización, aquellas que hablaban de integración, de equidad, de justicia pero que terminan construyendo las líneas cada vez más visibles del prejuicio, la marginalización y el desconocimiento.
Lo que ha quedado puesto en evidencia en estas últimas décadas dominadas por el discurso y la práctica neoliberal es que lo único que puede pasar fronteras es el capital financiero y las mercancías: el primero jugando el juego maldito de la especulación y llevando al planeta hacia una crisis inédita que ha estallado en el 2008 amenazando con hacer colapsar todo el sistema bancario mundial y arrastrando, en esa caída, ya no sólo, como antaño, a los países pobres sino, también, a los ricos; las segundas inundando las geografías del planeta allí donde ninguna ley puede proteger la producción local de la máquina avasalladora que supo montar la economía de mercado como panacea última de una humanidad liberada de estatalismos y proteccionismos (claro que los países ricos se encargaron de forzar el cumplimiento a rajatablas, en las regiones pobres del mundo, de los mandatos de la OMC mientras ellos conservaron una lógica proteccionista). Fronteras invisibles, etéreas las que permiten el flujo de los capitales; fronteras brutales, discriminatorias y violentas las que impiden la libre circulación de las personas. Fronteras disueltas por el mito de una globalización puramente mercantil, homogeneizadora de costumbres y de formas de vida atravesadas por la lógica de McDonald’s; fronteras selladas a cal y canto, vigiladas, rodeadas de alambres de púa que les cierran las puertas del mundo exuberante y rico a los pobres que vienen de aquellas regiones esquilmadas por el colonialismo europeo.
La frontera como símbolo de nuestra época, como metáfora dolorosa de un sistema económico-político sustentado en la multiplicación de la pobreza, de una pobreza que como una mancha de aceite se despliega en aquellas regiones en las que literalmente la vida se hace cada vez más difícil forzando a millones de seres humanos a desplazarse en condición de parias y de indocumentados buscando, con desesperación, las rutas de la muerte que los conduzcan, sin embargo, a esos países que siguen prometiendo una abundancia cada vez más escasa. Las respuestas que encuentran, si logran llegar a destino, son la violencia policial, el racismo y, claro, la nueva forma del prejuicio que asociado con el miedo que atraviesa a los europeos blancos en medio de la crisis hace del inmigrante el causante de todos los males. Una frontera, apenas, para intentar comprender las injusticias de un mundo enloquecido.
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