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LA MEDINA,LA
MIRADA y EL REGRESO
23/06/2009/Manuel Parrondo
Y Paula Parrondo (Hija)/tangerexpress

Tanger, ou la medina en bleu
Autor, AHMED SAID KADIRI
"...En Tánger tengo la
sensación que la vida transcurre como
debería ser, pues la ciudad, como la vida,
fluye incesantemente; pero en ese fluir, de
la ciudad y la vida, surge siempre algo
imprevisto. Esa alternancia entre lo eterno
y lo efímero, entre la costumbre y la
transgresión, entre la rutina y la sorpresa
es lo que Tánger conserva, para distanciarse
felizmente de sus previsibles vecinos
europeos del norte. Me llama mucho la
atención el aparente Caos de su medina que
aglutina, en su inquietante laberinto,
oficios ancestrales con tecnologías de
punta. En sus estrechos e imprevisibles
corredores, la medina me rodeaba de
escaparates de todas las artesanías en que
el Islam es maestro, de todos los frutos de
la vasta tierra de Marruecos, desde los
dátiles que han madurado bajo el sol
implacable del desierto, hasta las nueces
que lo hicieron en los fríos bosques del
medio Atlas. Me encanta con sus puestos de
especias que desde las estanterías mas altas
se derraman en cascadas multicolores y
olorosas hasta las aceras. De pronto al
girar una esquina, a través de ventanas o
pequeñas puertas, veo al barbero que se
afana con sus clientes, al herrero que
martillea en su forja, o al alfayate que
remata un vestido, al tiempo que esquivo los
hilos que los tejedores extienden entre
farolas, árboles o tuberías de desagüe.
Alertado, poco después, por el zumbido de
las moscas, levanto la cabeza para
corresponder al saludo de unas cuantas
cabezas de cordero que penden ensangrentadas
de unos garfios medievales, mientras un
ciclomotor embalado me roza, realizando un
vertiginoso Slalom entre los inmutables
transeúntes. Incesante movimiento de formas,
olores y colores, amenizado por los
tenderetes de música en discos compactos
que, gestionados por chavales, pregonan las
últimas novedades del hip-hop árabe. Pero
curiosamente en medio de esta mezcla entre
medieval y moderna la gente marroquí, que
abarrota la turbulenta medina parece estar
totalmente relajada participando en este
armonioso caos, y abrazando con mirada
tolerante a los numerosos turistas que,
ataviados con ropas deportivas, siguen al
coordinador de su excursión, perturbando con
su ordenado desfile el fluir de la vida en
la misteriosa medina.
Algunos guiris un poco más presentables, se
consideran viajeros y se rebelan frente a la
insistencia de los múltiples guías que, en
su opinión les clasifican injustamente de
turistas. No obstante, como casi siempre, el
certero instinto marroquí no se equivoca,
estos valientes viajeros no se relajan en
los laberintos indescifrables de la medina.
En ellas la crispación se delata por la
fuerza con que se aferran a sus bolsos o
mochilas; en ellos por las caricias que
prodigan a su pasaporte que, oculto en un
bolsillo de sus vaqueros, les confirma en su
ilusoria superioridad. Hasta los mendigos de
la medina envueltos en sus ropas medievales,
con sus turbantes, hirsutas barbas, fieras
miradas y esbeltos cuerpos, son de una
elegancia incomparable frente a la adocenada
representación del civilizado occidental.
Tánger ha crecido desmesuradamente hasta
convertirse, en pocos años, en una ciudad
cercana al millón de habitantes. A ello ha
contribuido, sin duda, la cercanía de España
que ha basado el vertiginoso despegue de
alguno de sus sectores, en la despiadada
explotación de la siempre disponible mano de
obra marroquí. Su puerto se complementa con
el de Algeciras para acaparar la casi
totalidad del tráfico de mercancías,
turistas y emigrantes entre Marruecos y
Europa. Por otra parte, no son pocos los
españoles cuyo afán de aventura se agota en
la alcazaba de Tánger, que colma de
emociones el viaje organizado de fin de
semana, por sesenta euros todo incluido.
Hoy los tangerinos contemplan, sin excesivo
entusiasmo, el progreso de su ciudad. Pesa
en ellos el recuerdo de una época dorada aún
reciente, cuando, atraídos por su estatuto
político privilegiado, su luz inigualable y
tolerante exotismo, afincaban en ella
artistas, vividores y millonarios
excéntricos de todas partes. Testigos de ese
floreciente pasado se alzan aún sobre sus
colinas, asomadas al mar, deterioradas
mansiones rodeadas de la exuberancia
incontrolada de sus jardines; último refugio
de personajes singulares, expulsados o
autoexcluidos de Europa y América por la
vulgaridad triunfante del progreso
democrático. La ciudad está orgullosa de ese
pasado irrepetible, que ha dejado huella en
muchas de sus calles, hoteles, y en no pocos
de sus habitantes que hablan con soltura
cuatro o cinco idiomas, y entre ellos los
mas viejos del lugar que, enfundados en sus
elegantes caftanes, contemplan asombrados
como ricos turistas, de su misma y
respetable edad se visten, con mal gusto, de
deportistas de élite o hasta de boy-scout.
Pues bien, en las calles de esta ciudad
populosa, de febril actividad, sorprende la
intensidad de las miradas, sobre todo al
atardecer, cuando superados los afanes del
día o la modorra de la siesta, la multitud
inunda la medina. Andando, montados en burro
o en bicicleta, empujando carretillas, se
envuelven ellos y ellas en una red de
miradas agresivas o amorosas, de desafíos.
Se confunden sobre el fluido escenario de
las calles todas las graduaciones de la
edad, el sexo y la belleza y es imposible
evadirse de contactos, de leves atropellos y
de miradas directas. Es una situación de
alerta, curiosamente relajada para los
habitantes de la ciudad, que disfrutan de su
pertenencia a la comunidad de creyentes en
la vida y en Ala. La ciudad recupera en esas
horas su pasado de aldea, pues al final, de
tanto mirarse, acaban por conocerse de vista
todos sus habitantes. Los hay también que
han paseado tantos crepúsculos, que optan
por sentarse en las innumerables terrazas
que franquean calles y plazas, para ser
desde allí, espectadores del río incesante
de sus vecinos, y algunos hasta para reírse
discretamente de los mencionados turistas,
que han elegido Tánger para dar ejemplo de
modernidad a los "pobres moros".
En España, como en Suiza ya no existen
ciudades donde la gente se mire, ni siquiera
en los pueblos, es algo ya perdido, ahora
desconocido. Las nuevas generaciones han
crecido en una atmósfera donde el juego de
miradas es escaso; por eso un occidental
puede incluso marearse porque en solo un
corto paseo por la calle, se ve asaeteado
por los mil ojos de la medina. Son muy pocos
los occidentales que disfrutan y se recrean
en el juego de miradas, normalmente los
comentarios que manifiestan al respecto son
muy negativos, ya que tanta mirada les
resulta un agobio, o hasta un acoso. Las
mujeres, especialmente las que no se comen
una rosca, y los hombres acomplejados, son
los que mas se quejan. No se si por envidia
o por falta de vitalidad pontifican que, en
el territorio de los seres civilizados, se
circula tranquilamente, con seguridad, sin
sentirse intimidados a todas horas.
Paradójica queja sobre la falta de
intimidad, cuando procede de mujeres que van
medio desnudas por la calle y de hombres
adultos que se exhiben en pantalones cortos
en una ciudad ajena. ¿Se creen acaso objeto
de deseo en la dorada Tánger? Más bien, a
estos ejemplares de incomprensible simbiosis
de riqueza y mente cuadrada, se les mira
casi siempre como presas, valorando su
potencial de proporcionar un fácil y, sin
duda, justo botín.
Pero regresemos de nuevo a España, en el
ferry desde Tánger a Tarifa. La vuelta
siempre se hace mas corta, nos alejamos de
Tánger y en menos de un santiamén alcanzamos
tierras cristianas, a la velocidad de un
fogonazo como el que en tiempos remotos
disparaban esos cañones, que todavía hoy
desde la costa tangerina, nos apuntan. Por
cierto, cualquiera diría que la pólvora
sigue en el aire, pues se puede leer en la
cara de muchos españoles, después de su
primera aventura de bajarse al moro, un
pensamiento:"por fin sanos y salvos en
casa".
Desde el puerto de Tarifa me despido,
comiendo un bocadillo, de estos rápidos
Ferrys, que esperan nuevas oleadas de
turistas que, bien protegidos en el seno de
viajes organizados, han venido a contemplar
la otra cara del mundo. Precisamente ahora,
llegan dos autocares llenos de japoneses
ataviados con su uniforme de vacaciones y
aferrados a las inevitables maquinas de
fotos de tamaño decreciente, que ellos han
patentado. Estos adalides del progreso en el
continente asiático nos muestran el camino
que, sin duda, todos recorreremos.
Despojados del colorido de antaño, ostentan
orgullosos, al bajar del confortable (dada
su estatura) autobús, la simplicidad gris de
su mente y de su ropa.
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